A propósito de la ley de Verner para la mutación consonántica del germánico (que depende del acento) me vino a la mente la palabra "padre". Y a partír de ella aparece Gerardo, mi padre. ¿Cómo lo relacioné? No lo sé. Quizás porque recordé que la palabra padre en su fase prehistórica se pronunciaba patér y no *páter (padre, father, pére). Recordemos, por ejemplo, el griego πατήρ o el sánscrito pitār. Esto, unido a que mi padre, persona honesta donde las haya, a veces es algo prehistórico... en fín... Me recordó que una vez me contó una historieta que había protagonizado: trabajó durante quince años en una empresa que era una especie de surtidora, un almacén de alimentos donde iban a parar las mercancías antes de llegar a los supermercados. No recuerdo el nombre concreto. Era encargado de la parte del almacén y esto incluía el trabajar continuamente con la máquina elevadora
montando y descargando mercancías y “palés”. Me dijo que había un representante de una de las marcas que era un poco altanero, por así decirlo, un chulo de pueblo. Conducía un precioso Mercedes negro que solía dejar aparcado durante periodos extensos y excesivos en frente de la puerta del almacén. Evidentemente dicho estacionamiento molestaba a mi padre, que se caracteriza por ser una persona a la que mientras trabaja, directamente, no se le puede ni hablar con algo más que un “sí” o un “no”. El representante de la famosa marca adquirió el hábito molesto de dejar el coche todos los jueves del mes justo en frente del portal por el que salía el elevador de mi padre a pesar de las reiteradas peticiones (aunque esto tendría que contrastarlo, pero bueno, in dubio pro reo...) de mi progenitor para que lo apartase. Un buen día, mi padre me dijo la fecha porque era señalada, ocurrió esto (según sus palabras):
“el muy soberbio ¿no va y me vuelve a aparcar en las narices? Rápidamente cogí el elevador, le levanté el coche y se lo puse en la puerta trasera del almacén, donde no lo viese. Apagué el elevador y volví a hacer albaranes, que era lo que estaba haciendo. Si miras (sic) la cara del hombre cuando salió... Empezó a preguntar por el coche y nadie sabia donde estaba. Al final no pasó nada, cuando iba a llamar a la policía le dijeron donde había aparecido. Pero, oye, no volvió a dejarlo en medio”. ((Es una traducción del gallego (se pierden matices), lengua materna de mi padre)).
Mi padre, tan prehistórico como honesto, noble y eficaz.

De las mejores críticas a nuestra sociedad (ahora también me viene a la mente Telefono Rojo Stanley) Siempre digo lo mismo pero es de las mejores películas que he visto. Descubrí, una vez más, es decir, redescubrí que adoro el cine en el que todo transcurre en una habitación; el cine en el que se habla; el cine en el que importan los detalles y no los efectos especiales. Todos los actores tienen miga pero en especial debo reconocer que Fonda, Henry Fonda me llenó. ¡Es que se me parece tanto tanto a Bogart! ¿Nadie los comparó? Sydney Lumet hace un gran trabajo al interrumpir continuamente la minúscula acción del film con comentarios graciosos, planos geniales o cosas por el estilo. Esta es la ópera prima de Lumet. Todo un clásico del cine de temática jurídica y todo un canto épico a la justicia más piadosa e imparcial. La película comienza con un chiquillo de 18 años (al llamarlo chiquillo ya me estoy poniendo de su lado, hay que tener cuidado con la terminología) que acaba de ser juzgado. El jurado se sienta a deliberar en una sala. Todos (por la presión que suponen el resto de sus compis) lo tienen claro: es culpable. Excepto el jurado numero 8. Me tomo la libertad de presentaros a los 12 componentes del susodicho jurado: "1- Buenos modales 2- Inocencia 3- Ira 4- Prepotencia 5- Infancia en suburbios 6- Inhibición 7- Estupidez8- Razonamiento9- Experiencia10- Prejuicio11- Humildad12- Frivolidad". No se nos dice el nombre de ninguno hasta el final de la película. ¿Para mantener algo de confidencialidad? La primera votación refleja un 11 a 1 a favor de los guilties. La útima un 1 a 11 a favor de los non guilties. Se me dio por pensar que todo iba a ser una alegoría de que la revolución del numero 8 no iba a servir para nada, pero me equivoqué. Una gran película con un gran final. Una justicia justa, un Henry Fonda razonando sin igual. De lo mejor que he visto en cuanto a cine del ámbito jurídico. Por cierto, el viejo y su crítica a la sociedad por el trato a los ancianos: entrañable. Henry Fonda jugó genial con las cartas y las pruebas que el destino le brindó. Ojalá todos supiéramos y pudiéramos hacer lo mismo.