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miércoles, 9 de diciembre de 2009

Deseo

La ocasión brinda por el deseo

las miradas son más y más tiernas,

picante se torna la agudeza.

Tiemblas de valentía;

te planteas la pregunta

y te das respuesta

a ti misma.

Los halagos y requiebros

se vuelven ardientes;

no aceptamos sentido y fin

como previamente dados.

¿Por qué tanta piedad

y tan poco entusiasmo por la vida?

Todo se convierte

en un teatro contemplable.

Cae el telón

y nos encontramos jugando

con dos mundos,

¡Qué niños!

Pero todo brota de

una acción inconsciente.

Cautivos como sonámbulos

no dejaremos de preguntarnos

si al despertar todavía tendremos

sueño, un sueño.

Con lo fácil que hubiera sido, entonces,

echarnos a dormir en una cama

procurando amanecer

en mitad de ese sueño.

Debo seguir soñando

para no hundirme,

como el sonámbulo debe

seguir soñando

para no precipitarse

al

vacío.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Orson y Rita


La dama de Shanghai, 1948



El personaje de Michael O´Hara (encarnado por un grande como Orson Welles) es uno de mis favoritos.

Dicen que este genio revolucionario del cine era un mentiroso. Recordemos que él se había hecho de una mentira capital: la invasión extraterrestre que narró por la radio. Había llegado a Hollywood como un niño prodigio, y Hollywood, en cambio, nunca lo entendió. Lo primero que rodó fue en Brasil: casi 120.000 metros de película. Será con El extraño con quien consiga cierto status. A esta película llega Welles tras su extraño exito y Rita recién convertida en la reina de Columbia por haber rodado Gilda. Se barajaron varios títulos para esta película: el original de William Castle If I die before I wake, el posterior Black Irish, Take this woman o The girl from Shanghai. Es sorprendente que los protagonistas estuviesen en plena separación matrimonial cuando realizan la película. Quizás Rita buscaba recuperar su amor. Ya dentro del argumento, Welles salva en el Central Park a Rosaline de una violación (que la censura se encargará de convertir en un pío atraco). Ella como recompensa, y porque el chico le gustó (también el personaje de Rita busca el amor dentro de la película), le ofrecerá un empleo como marinero en el barco de su marido,

un acaudalado y célebre abogado criminalística: Arthur Bannister (el actor se llama Everett Sloane: es bajito, pero vaya mirada). Con todo, la filmación de Lady from Shanghai no reconcilió a la pareja: les llevó al divorcio. Todos, al ver la película supongo que pensamos que el final, soberbio, por cierto, en el que Elsa es abandonada por Michael mientras se desangra en el suelo, era un desquite del director por aquellos años de matrimonio.

Welles dice de si mismo: “empecé en la cumbre y desde la cumbre y desde entonces no he hecho más que caer”. De Rita, que en realidad se llamaba Margarita Carmen Cansino, y sí, era hija de un bailarín sevillano Eduardo Cansino, se suele decir que es una mujer llena de una sensual sexualidad (que tanto gustaba a los soldados americanos), pero muy sobrepasada por el mito.

Yo adoro los primeros compases de la película: es decir, la confesión del protagonista. A Welles, en cambio, los primeros 10 minutos de su obra nunca le gustaron. Suele renegar de ellos. Llega a decir: “eran horribles. Cuando pienso en ello, me da la impresión de que no están hechos por mí. Se parecen a cualquier película de Hollywood. Y no sé por qué. Pero resultaron así de estúpidos”. ¿Por qué me viene a la mente precisamente ahora el refrán inglés que dice algo así como que los grandes genios siempre coinciden? A decir verdad sólo me gusta la confesión. Las escenas siguientes, y en especial el atraco, resultan caóticas.

Y con respecto a la célebre escena final de los espejos, sólo recordar una frase de Michael: “si supiera como iba a acabar todo me habría detenido en el principio”. En realidad estaba avisado: “te lo dije... no sabes nada acerca de la maldad”.

La carta oportuna

Ocasión para una carta

Despiadada amiga:

"¿por qué no permites

que olvide por un día

la ley injusta

que yo mismo dicté?

Mi labio inoportuno

todavía está tímido:

no quiere volver a enojarte.

Todavía suspiro,

y mis alientos,

vuelan mudos

por el aire desconsolado.

¿Por qué lo niegas?

Quizá te vea y reconozca

aquel estrecho

pecho palpitante.

El furor nos calmará

aunque la razón nos exalte.

¿me crees?

Seguro que ha cambiado

tu acento lánguido,

seguro que eres otra,

que tienes otro semblante.

Te has ido con otro,

lo sé,

y es aun más galante.

Puede que deba resignarme

pero, al menos,

recuérdame olvidando aquel día

en que mezclamos

nuestros suspiros inalcanzables.

En este juego tuyo

tan sucio y frío

como repleto de indiferencias,

¿sabes cuánto significa

una mirada de las nuestras?

Ayer fui embebecido,

y si quieres, cobarde y dudoso.

Quizás hoy,

o puede que mañana

nos miraremos

a esos curiosos espejos,

que aunque huidizos,

jamás dejarán de amarse.

Aunque no hayamos

cruzado

el umbral de aquella puerta,

seremos nuestra delicia

recíproca, infámica,

hermética".


Atentamente...

lunes, 23 de noviembre de 2009

Odiamos

El ritmo se precipita mientras

nos atravesamos

de manera oblicua

en calle apedreada.

Me sorteaste, y te traicionaste,

pero poco a poco padeces

palpable curiosidad.

Supimos que el amor

surge por sorpresa.

Estabas al cabo de la calle

que me falta: a cambio

sólo exigías ser amada.

Supimos que ser amado no es nada,

y que amar lo es todo.

Tu odio aflora en carne y hueso:

conoces lo que sabías,

y no buscabas conocer.

Me gritas, apenas respiras.

Yo espero aliviado

porque el odio profeso

carece de venganza.

Nunca pensaste

que quizás sea mejor odiar

que vivir angustiado.

Empatía, mi amor.

Pero yo tampoco la tuve.

Tan hastiado me deja escuchar

que los primeros amores

nunca terminan bien,

que jugando conmigo mismo

afirmo que lo que llaman primer amor

siempre es el segundo.

Percibimos el adiós,

otra vez,

en las miradas.

No voy a mentir:

he pensado mucho.

Espero poder arruinar

algún día,

tu soledad.

lunes, 11 de mayo de 2009

Fa y Sol

¿Por qué los pentagramas

se escriben

en diferente clave?

Hombres y mujeres

no hablamos

la misma lengua.

Aspiramos al

Uno

a la fusión,

y nunca llega.

Esa ley es injusta.

Mi diestra lee

más que mi siniestra.

Pero,

¿cuál es

en el fondo

la diferencia?

jueves, 7 de mayo de 2009

Fue un Zurcido


Nos declaramos

la guerra

cuando firmamos

la paz.

La única tregua

la concedieron mis ojos

imaginándote desnuda,

mirándote con firmeza,

de verdad.

Nuestros silencios,

tan locuaces,

retornan espesos

y parece no torvarse

nuestra faz.

Hablamos.

Nos miramos.

Reímos.

Nos damos

una caricia,

y tu piensas

y yo me detengo.

No podrías llegar

a las heridas,

pero te preguntas

si duelen

todavía.

No podría acariciar

más allá

de tu

cicatriz.

lunes, 4 de mayo de 2009

Cumplimiento

Leo a Hume

y no lo entiendo.

¿La razón sirviendo las pasiones?

¿La cabeza doblegada a los amores?

La pasión es una prisión

que alberga

amor y odio

en una misma celda.

La razón,

en un aposento contiguo,

me pide que juegue con ella

Yo, servil, acepto.

Me ordena que vuelva locos

a sus vecinos, a sus siervos.

Yo, triste,

veo que el amor

se encuentra

anclado

entre dos barrotes:

lo simbólico y lo imaginario.

Me apeno pero respeto

mi cumplimiento.

Servil, soy vil,

porque cuando lo cumplo,

miento.

martes, 28 de abril de 2009

Juegos de niños

Sé que piensas
que nunca te quise,
que era una manera de soñar.
Me lo dijiste.
Fue como si me hubieras pegado.
No lo entiendo,
por mis ojos,
tendrías que percatarte
de que yo no te quise,
ni te quiero,
solamente
por el hecho
de que
no
eres mía.

Miradas con la vista


Nos miramos, nos tocamos,

eso fue todo.

Estábamos en el límite de la identidad,

queriendo convertirnos en otros,

sincerarnos,

hablar en serio.

Pero no franqueamos la frontera.

Ser otros no podría cumplirse

porque a una mano tendida

debe corresponder otra mano,

porque si una boca habla

debe responder otra boca.

Estábamos muy rodeados,

pero a solas,

solos como tú,

sin saberlo,

te encuentras a menudo.

La compañía de muchos

suele ser una ficción,

con la que conseguimos

estar a solas

entre muchos más.

Tú y yo

en una sala de espejos,

con miradas, con ecos.

La despedida

¿qué importaba?

Quizás volviéramos a vernos.

Aunque aquellos ojos

escuchaban,

ya no sólo oían.

Acordar algo

Vuelves a permitir
que te acaricie el cuello
y lo rodeo con mis brazos,
y tú pones una yema delicada
sobre mi duro pecho.
Creías que tus senos,
hechos para el tacto,
no podían consentir
que los rozasen
mis dedos.
Y pensabas:
“que no se le ocurra darme
ningún beso”.
Coincidíamos.
Estábamos de acuerdo.
Fumamos una pipa.
Firmamos una tregua.
Vaya par de insensatos
quinceañeros.
La mayor de las ilusiones
el estar de acuerdo.

La perfectividad

Una yema esbozaba un ayer

con tanta delicadeza

que creí volverme a romper.

Me indicas algún rincón oscuro,

alguna de tus calles epidérmicas.

Trazas armoniosas esquinas,

sin esquivar esa sensación

que hace que ya no me escribas

y que sólo a duras penas

te deja mantener

mis manos

alejadas

de ti.

jueves, 16 de abril de 2009

[Mierror]

Mi espejo te refleja a lo lejos.
Te paras, te preguntas:
¿Qué soy? ¿Qué quiero?
Siempre lo haces en voz tenue
y tiemblas y titubeas al hacerlo.

Mi espejo muestra un cuerpo
que eres tú, pero no es tuyo.
Al final de la vida
deberás devolverlo.

Nos convertiríamos en héroes
si aceptásemos nuestro destino;
quien lo desdeña, quien lo evita
no resulta ser más que un cretino.

Tú buscas tu libertad,
conocer, escapar, no echar en falta,
no echar de menos.
Eres toda una esclava a la que
el goce ha atado fuerte,
con cuerdas de cuero.

Inmóvil, con tu desenfreno,
has echo más gruesos los nudos,
has dejado caer mi espejo.
Hacia el olvido camina,
como nosotros,
héroe y cretino, cretino y héroe,
sin luz, sin que tu digas nada,
casi sin esperanza,
sin frenos.

El papel en el que escribo
vuelve a estar en blanco.
Y me detengo y me pregunto:
¿Aquellas lágrimas tuyas
me ocultaban a mí?


Has dejado caer mi espejo.
Sé que si se rompe viviré
con menos ganas de hacerlo.



lunes, 13 de abril de 2009

La luxne

La llaman Luna.

Por tabú.

La llaman Brillante

Por miedo.

La llaman Candrama o Candida

Por desasosiego.

Todavía la llamamos

Luxne.

Rectifiquemos.

Su mote cambiemos

y procurémosle nombre.

¿Sería ello pretender

la Luna?

sábado, 8 de noviembre de 2008

¿Historia sin final o imperfectum?

Había escrito hace un tiempo una historieta a la que ahora mismo no soy capaz de dotarla de un final, por lo menos de un final a lo Capra, y se lo merece. Todo el relato y, en especial su título, me recuerda a mi primera entrada. Me había olvidado de colocarla en el blog:
Hay quienes dicen que donde está tu fracaso es donde se encuentra lo más trascendente de ti. Cuando lo leo me siento con muchas ganas de escribir lo contrario. Unos dan lo mejor de sí mismos subidos al laurel, en el triunfo. Otros, en cambio, seríamos unos estériles si no fracasásemos un poco cada día. Quizás no sea loable y ni siquiera se pueda medir por idéntico rasero el triunfo y el fracaso de todos.

–¿Hace más de un año que vivo totalmente sola, sabes?-. Me dijo Ana. Es demasiado agradable. -Sí, contesté,-pero es peligroso porque acabas acomodándote y cerrándote a los demás-. Ella conocía perfectamente mi carácter extrovertido, que había derivado desde hace unos meses en una extensa red de amoríos. Se sorprendió durante unos instantes de que fuese tan franco con ella, pero en seguida respondió con la resignación de alguien que vive alejado de la sociedad. –Yo hago como tú. A ti las circunstancias te acercan a una mujer y tú la tomas; con respecto a mí, se obstinan en no presentarme nada, y no tomo nada. ¿Para qué contrariar al destino? La soledad no solo me gusta, me llena. Quizás podría decir que es el placer más grande de mi vida actual. Ana es pintora, pero nunca he dejado que me retratase. Le propuse que viviese conmigo y que así le serviría de inspiración. No aceptó. Me confesó que no podría arriesgarse a estar conmigo a solas más de un par de horas.-Ya sabes que te adoro-, dijo. Somos amigos desde que murió mi novia. Ella era su amiga desde hace unos seis años, desde que empezamos, todos, nuestras carreras. Ana tuvo la desgracia de ser quien conducía el coche en el momento en el que tuvieron el accidente. Desde entonces, si a ella le llena la soledad, a mí me satisface de lleno su compañía. Nos vemos a menudo.

-Un café con hielo-. Esa era toda la conversación había tenido con ella. Estaba atónito. Era nueva. Creo que lo que más me sorprendía de ella era cómo me miraba, ya ni siquiera eran sus ojos, sino su forma tan cálida de fijarse en las personas. Había reparado también en que de mis amigos sólo lo hacía conmigo. Cada vez que tomábamos algo en aquel nuestro café, nos había atendido ella: tenían dos camareros y no siempre le pertenecía a ella el terreno que pisaban nuestros sofás. Por la noche, al cerrar el café, solíamos ir todos a los pubs. A veces la veía. Los dos recorríamos todos los antros con algunos amigos, sin buscarnos, aunque tratando de toparnos el uno con el otro al doblar una esquina. ¿Cuántas veces me habré quedado absorto y ensordecido, en vano, al encontrarme una joven parecida a ella? Como camarera era torpe y distraída, pero nunca conseguí ponerla nerviosa y eso me descolocaba. No era de las que se dejan intimidar. Yo Buscaba algo, pero no tenía todavía claro el qué. No estoy del todo seguro pero creo que ya desde este inicio ella se movía también hacia una meta; yo. Cuando nos topábamos al doblar esquinas, de noche, nunca nos hablábamos, ni un saludo, simplemente utilizábamos la mirada para declarar nuestro interés. El primer día le hablé yo. Ni siquiera recuerdo qué dije, pero debió gustarle porque al instante me besó. Le pregunté el por qué de aquel repentino beso, le dije: ¿por qué has hecho eso? Me respondió como una niña, me dijo: “quería saber qué se sentía y si me iba a gustar”.
-¿Qué se siente al besarme?-. Le pregunte. “Es como hacer el amor con muchos otros” Contestó. Desde ese momento, y no se muy bien por qué razón, cuando la veía me recordaba siempre de lo que había respondido Tony Curtis a un periodista que le preguntó qué se sentía al besar a Marilyn Monroe. Lo que éste dijo fue: It is like to fuck with her. Mi inconsciente… que es un poco canalla.

“Me gustan porque no son tristes” había dicho sin despegar un momento su mirada de mis ojos. Mi silencio hizo evidente el desconcierto que sus palabras habían provocado en mí y ello pareció gustarle. El desconcierto era porque lo había dicho sin pensar. No había sido sorprendido, a mucha gente le gustan mis ojos. Pero esas pocas palabras de apariencia tan casual, tan vacía, revelaban una magia que sólo un par de momentos antes estaba oculta. ¿No hacía ya largos meses que nos encontrábamos casi todas las noches? ¿Por qué me habían desconcertado sus palabras? Parece que todos llevamos una máscara. Siempre. Todo es un disfraz, que nunca es el mismo para cada uno de los papeles que interpretamos: el amigo, el intelectual, el novio, el amante, el cobarde, el traidor, el traicionado... Creo que ella era la única persona que me veía a los ojos fijamente y conseguía verme desnudo, sin ningún tipo de antifaz. Esa noche, de camino a casa, pasé junto a un pequeño y encantador cine de reestrenos. Ese mes ponían un ciclo de clásicos: estaba dedicado a Humphrey Bogart, su actor favorito. Me detuve y estuve un tiempo bajo la marquesina mirando los carteles de las películas programadas para los próximos días. Volví a casa después y escogí casi al azar una agencia de viajes en el listín telefónico y le dije al que descolgó el auricular que quería ir a Cayo Largo. Fuimos juntos donde rodaron su última película juntos dos de los más grandes: Bogart y Bacall. Las primeras dos semanas nos fascinó Cayo Largo, las dos últimas se aburrió. Pero las personas que soportan con facilidad el aburrimiento, como ella, son las más interesantes porque tienen tiempo de sobra para pensar.

Llegué a pensar que a Ana le había ocurrido algo realmente malo y me preocupé. Cuando crucé la puerta de su pequeña casa de campo me encontré todo el pasillo lleno de gotas de sangre. Grité y me asusté de mi propia voz. Ella gemía de dolor. Estaba en el baño, al verme se giro y me dijo que se había cortado en la zona de la nariz. No quise preguntar ni cómo ni por qué. Le pregunté si le dolía y me dijo: “No, únicamente al respirar”. Nos reímos y añadió: “También al reírme”. Me gusta estar con Ana. Cuando estamos juntos no necesitamos hablar. Sabemos en todo momento lo que el otro piensa. La gente normalmente tiene miedo a estar en silencio ante sus amigos y suelen rellenar esos huecos con frases hechas. A mí no me parece mal que lo hagan, me gusta hablar, aunque sea por hablar. La vida es quien ha hecho a Ana más callada que yo. Solemos hablar sobre Joa. Compartimos momentos que pasamos con ella, en el fondo a los dos nos vienen bien.

Lo de aquella noche parecía necesario. Ella estaba sentada en su sillón, pero a mi lado. La sorprendí cuando me miraba a los ojos. Ana nunca me mira a los ojos, y no se el motivo. Dudaba en comenzar una conversación después de lo que habíamos hecho. Me sentía otro. Y limpio, como si no le hubiese fallado a nadie, como si lo sucedido hubiese sido determinado por el destino y no por las circunstancias. “Todo hay que volver a inventarlo, Ana; el amor no tiene por qué ser una excepción. La gente cree que ya no existe nada nuevo bajo el cielo y se equivoca”-. “Yo soy de las que opino que inventar, en este mundo significa, como antiguamente, “buscar”, dijo, melancólica. Añadió: “Cuando pienso que hace a penas dos horas me estabas sacando el pantalón, como si fuese Joa, que me acariciaste las tetas…” Entonces yo la apreté hasta que se quejó, como intentando eliminar lo que habíamos hecho. En aquel momento yo era la circunferencia y ella el círculo.


Cuando estaba con Joa yo era su causa primera, el principio y el fin de toda realidad; y ella lo era para mí, puesto que ya en aquel entonces el Dios hacedor cristiano no existía en mi mente. La quería a ella, nada más: en aquel momento yo quería lo que yo era y estaba libre del acecho de Dios. Ahora, con su muerte, todo apunta hacia la religión y es más, todos hacen que apunte hacia Ella. Pero si me dirigiese a los brazos de Dios sería un egoísta porque me estaría librando de mí mismo para acercarme a lo que supuestamente me libró de lo que era mi causa primera. Él me ha sacado de donde yo estaba, de donde yo quería lo que era, de donde era lo que quería. Quizás esté demasiado trastornado y cansado como para pensar. Dejémoslo.

Hoy es el día después. El Sol ha vuelto a salir. No debe saber que te has ido. Dormí muy bien y me siento culpable, porque dormí sólo. Lo primero que hice fue buscar en tu parte de la cama. No estabas y decidí escribirte algo para sentirme mejor. Hay gente que con los matices de la música consigue mejorar su ánimo. Yo cogí un bolígrafo porque el piano y el chelo no estaban a mano. Creo que la tinta es negra, no se si es impresión mía o lo es en realidad. Todo está distorsionado, la luz del Sol me ciega: cualquier sitio en el que deposito la mirada está lleno de blancura, resplandor, de tu tez. Me paro a pensar y recuerdo que ayer tu entierro fue precioso. Todo lo que un evento como ese puede serlo. Pienso en ti y en cómo puede ser la muerte. Incluso me la imagino; la muerte se ha vuelto para mí inmortal, ahora siempre la tendré presente. Tu muerte es para mí todas las muertes, es irremplazable, perfecta. Aunque quizás no debería hablar de la muerte, sino del final de la vida. La muerte es perfecta, lo imperfecto y fallido es la vida; supongo que tanto la tuya como la mía. Tú no tuviste lo que merecías. Cometimos un fallo; no vivíamos en función de la muerte, sino que vivíamos olvidándola. Y olvidar la muerte lleva a no extraer de la vida sus más profundos significados, a no alcanzar de cada placer el mayor goce, de cada fe su mayor recompensa, aunque sea ésta ficticia. Ya desde hoy siento que tu muerte es como un cuadro colgado en la pared que desde la cumbre preside, con una certeza inexorable, mi existencia. Siento que me vigilas. La mayoría de las personas se aferran al espíritu y se amparan en la fe para luchar contra la muerte. Pero ¿cómo podrán ver morir lo que no vemos? La trampa de la muerte, astutamente, está cerrada. Lo único malo es que tú también has caído en ella.

Hacía ya casi un mes que no veía a Ana. Todo era un juego en el que todavía teníamos que establecer las reglas, todo estaba en el aire, y a bote pronto estábamos enganchados el uno al otro. Era difícil que coincidiesen nuestras vidas en un punto concreto donde nos pudiésemos ver. Eran muchos nuestros quehaceres y constantes los viajes de ambos; siempre por separado. Aun así manteníamos largas conversaciones por las noches, pegados al auricular. En realidad ambos estábamos empezando a conocernos, a nosotros mismos y al otro. Nadie sabía lo que quería del otro todavía, y eso está muy bien. Yo me iría un par de meses a hacer una especie de Master al extranjero y ella tendría que trabajar en fechas venideras, por lo que decidimos recorrer cada uno la mitad del camino que nos distanciaba. No fue coser y cantar. Había huelga de trenes ese día y hacia nuestra estación mediadora solo venían dos. Yo llegué primero al andén de la estación. Casi media hora por delante, todo un mundo para pensar. Sentía nervios, mi estomago daba vueltas pensando en el encuentro casual. La estación tenía bancos donde sentarse pero no aguanté demasiado en uno de ellos. Con inquietud fui a husmear por las tiendas de la estación y acabé viendo la cartelera de los cines. Pensé en llevarla, pero nada me gustó, todo era cine comercial. Quedaban sólo diez minutos y me propuse observar a la gente que esperaba entrar en el tren en el que venía Ana. Todos eran raros. Ninguna persona que a primera vista se pudiese llamar normal. Me desestabiliza la gente extraña que no sabes como ha de reaccionar. Una pareja homosexual me echó algún piropo que al llegar Ana procuré no mencionar. Entonces me di la vuelta y procuré no volver a observar. Ya sólo eran tres o cuatro minutos que los pasé observando una placa que habían colgado en la estación. Me fijé en nombres y apellidos y entre algún Váquez y varios Pérez el tren llegó. Me giré y la vi salir del tren: todavía tenía que llegar hasta mi andén cruzando el paso subterráneo. Sólo fueron unos veinte segundos pero me bastaron para descubrir que no siempre que se espera se puede pensar. Traté de sorprenderla colocándome al lado de las escaleras, pero sin que me viese. No pude, su sonrisa de llegada me cautivó. Me mantuve serio e intenté darle dos besos, no se si pude, no lo recuerdo. Caminamos hacia el exterior de la estación después de nuestro poco efusivo saludo. Hablamos sin parar, sobre todo ella. Había echo cosas muy interesantes durante las últimas semanas. Nos dirigimos al centro de la ciudad, que ninguno de los dos conocíamos a la perfección. Visitamos creo que una iglesia. A Ana le divertía y a mí también. Nada más entrar en la iglesia me vestí mis ojos con sus galas más virtuosas, es decir, traté de convertirme en Góngora y de explicarle aquella iglesia a Ana. En el fondo no me gusta Góngora y no se me da bien ser él. Además todos sabemos que una explicación artística no es más que un error bien vestido, ya que el arte no se debería explicar. Al abandonar la iglesia debatimos sobre algo relacionado con el Panteón romano, era sobre su cúpula, no lo pude evitar. Paseamos con tranquilidad por aquella ciudad que estaba en fiestas. Los dos estábamos somnolientos, no habíamos podido dormir bien. Había una orquesta que tocaba muy mal: y más iglesias, y más terrazas, y más paseos, y más mar. La mañana era perfecta para hablar mucho y nos confesamos algunos secretos. Cada vez que el Sol iluminaba su pelo éste brillaba, y su reflejo creo que fue lo que consiguió despertarme. Ana debe ser una obsesiva del pelo, siempre lo lleva casi perfecto, y por ello me pasé el la mañana despeinándola. La gente, cuando ve que la despeinan trata de peinarse, pero Ana no: no le importa hacer el ridículo un rato si la ocasión lo merece y quizás sea esa una de las cosas más importantes de ella. Tratamos de encontrar una terraza donde comer algo pero no encontramos ningún buen precio exento de cucarachas en el suelo. Pasamos cerca de un castillo con un molino que, muy quijotesco él, acabó siendo un Parador. Ana dijo que me invitaba: no pude evitar decirle que no, aunque sólo fuese por ver su cara a la hora de pagar, ahora me arrepiento. Vagamos como gatos callejeros y fuimos a maullar a un lugar de comida rápida. Uno de estos sitios take away no es lugar idóneo para una historia como la mía y la de Ana, estaréis pensando. Y tenéis razón. Por ello nos fuimos con nuestros bigotes a un parque a hacer picnic. Nos sentamos en un trozo de hierba que estaba seca en un parque cercano y céntrico. Yo comí con muy poca tranquilidad, estaba deseando que llegase el postre. Ana parecía más tranquila, comía más lenta, sabía hacerse esperar. Estuvimos haciendo el tonto un rato cuando acabó. Después tonteamos. Nos tocábamos sin querer, nos mirábamos, los roces eran continuos, las bromas también. Creo que en una de ellas fue cuando le planté un beso que no quiso evitar. Nuestros labios se encontraron, pero todavía estaban secos. Me aparté un poco y nos miramos como se mira a una estrella fugaz. Los labios ya estaban húmedos y las miradas también. Ana cerraba los ojos al besarme. Yo adoro observar cómo se le cierran y se abren, de vez en cuando, sin sentido estricto, al azar. Nos quisimos ante la mirada atenta de los niños del parque que estaba a nuestra espalda. Era algo así como un estimulo. Sus ojos color miel me cegaron al abrirse tan de repente. Me apresaron. Ella, al ver los míos abiertos, me dijo: eres de los que no los cierran. Dice la gente que los chicos que no los cierran son falsos. Contigo no puedo serlo, le contesté. Nos besamos más, sin ternura, con mucha sal. El postre estaba bueno. Rodeé sus hombros con un brazo, su cintura con el otro y observé sus ojos de cerca, tanto que se distorsionaron, y ceñí su pecho al mío. La gente le llama abrazo. Coincidíamos en la importancia de los abrazos. Antes le había dicho a Ana: necesito cafeína. Creo que los cafés con hielo como los que tomamos llevan a la gente a hablar. Sin darnos cuenta estuvimos en aquel lujoso café más de una hora y media, hablando sobre nuestras vidas y amigos interesantes, pero sin profundizar. Reímos con anécdotas y soñamos con viajes que por el momento sólo parecen imposibles. Creo que inventamos un poema en aquel café. El resto de la tarde transcurrió entre besos y abrazos, entre algún que otro café con algún camarero inútil, entre algún que otro cuarto de baño donde ambos, en nuestro interior, imaginamos entrar para darnos un revolcón. Aquel café enano tenía una luz y un cristal cristalino maravillosos que hicieron su pelo y sus ojos un poco más claros aun. Antes era miel, ahora parecían jalea real. El día no dio para más. Queríamos pasar la noche juntos pero las circunstancias lo habían conseguido evitar. De camino a la estación separadora nos parábamos en las placitas confidentes para besarnos en algún banco o en alguna esquina. Ana hablaba de sus amigas y de años de infancia, pero aquello ya no tenía interés para mí, y por ello por dentro me lamentaba un poco. Pero en el fondo el desinterés era un interés mayor. No quería conversaciones estereotipadas con Ana, incluso preferiría discutir. Discutiendo la gente siempre defiende una postura concreta y esto significa llevar un antifaz; y uno de los escritores favoritos de Ana afirma que sólo cuando el hombre lleva una máscara dirá la verdad. Me limité a escucharla, a girar la conversación y cuando no se lo esperaba, a besarla. Era la hora: llegamos a la estación. Temíamos a la despedida como todo aquel que aprecia a aquello de lo que se va a separar. Lo primero que hicimos fue ver a qué hora pasaba el tren, el mío era inminente. Nos abrazamos, dijimos cosas que se dicen en esos momentos, que nos llamaríamos…bla bla bla. La miré a los ojos, acerqué su barbilla lentamente: la besé, nos besamos. Mis ojos estaban abiertos, se dio cuenta cuando sus parpados consiguieron dibujar una grieta. Pero no siguió mirándome a los ojos, los evitó; cerró los suyos, me besó y me dijo: ¿Cuándo los vas a cerrar? La besé y le dije: cuando tú me mires a los ojos yo los cerraré al besarte, al besarte a ti. No me di la vuelta, me fui pero no me di la vuelta. Sus ojos se incrustaron en los míos; todo era color miel, dulce. Nos despedimos en aquella estación haciendo de aquella tarde literatura.

Creo que soñé con sus ojos y con su última mirada. Había sido aquel encuentro de nuestros ojos tan claro y directo como compulsivo, necesario e inevitable. Dicen que la mirada es, junto a los gestos, el más universal de los lenguajes: el texto más locuaz cuanto más silenciosamente se revela. Las miradas son un lenguaje reducido y simple, como todo aquel lenguaje que pretende ser universal, pero esa reducción necesaria no afecta casi a su evidente profundidad. Los cuerpos son la verdadera definición de los seres, su esencia, lo que apenas puede engañar, lo que nunca miente. Mis ojos estaban ciegos de tanto que ya había visto: los de Ana estaban borrachos de su propia mirada, y ebrios de tanta y tan implacable luz. Sigue mirándome, Ana. Mira.

-¿Ana?-dije vistiéndome su camisa en su habitación. Salió del baño en ropa interior y le dije: tengo que irme. Al escucharme se acercó y me cogió del cuello para después besarme. La malinterpreté pero ella rápidamente dijo: no, ahora no. ¿Cuándo? Repliqué yo. Sonrió haciéndome parecer un pesado y finalmente dijo: se acabó. Seguí abrochando los botones de mi camisa, a pesar de lo inesperado de su contestación. ¿Cómo?¿ Qué se acabó? Conseguí murmurar. Ha sido maravilloso y para que continúe así es mejor que se acabe, afirmó tajantemente. ¿No quieres volver a verme? Refuté. Sí, verte si que quiero, pero únicamente como dos amigos. Cada vez se la veía más nerviosa. ¿Cómo amigos? Ella me contestó: no nos queremos y lo sabes. Quieres a otra. Y yo quiero a otro. Me di la vuelta para tomar mi americana a la vez que le decía: Oye, Ana, no se si todavía quiero a Joa, pero te quiero mucho más que como una amiga. Pues no debes. Me contestó duramente y continuó: Hay cosas que no se deben comenzar. ¿Sabes? He estado muy bien contigo, mejor de lo que he estado con nadie. Mi reacción fue totalmente previsible. Tomé su barbilla con mi mano derecha le dije cerca del oído: no seamos tontos, sigamos. No piensas lo que dices, contestó. No soy más que una substituta, y tú también eres un substituto. Le pregunté si estaba loca. Me dijo que no forzase las cosas porque sólo conseguiría estropear el recuerdo de aquellas noches.

miércoles, 13 de agosto de 2008

Mi cosmología

Yo también soy dualista. El mundo se divide entre los que cuando digo qué estudio me preguntan qué es, y en los que no.
Una variante son los que lo saben y por ello me preguntan si tengo compañeros.

lunes, 11 de agosto de 2008

Trapos sucios de "escritor"

Me hizo gracia encontrarme este texto fuchicando hoy en el ordenador. Escribí un relato hace unos meses (http://opinionesenpotencia.blogspot.com/2008/03/un-relato-mo-sinistra.html) y este texto lo pensaba colocar al comienzo, como explicación. Todavía no estaba, entonces, muy seguro de la trama de mi relato y decidí suprimirlo. Creo que hice bien. Demasiado fantástico si cabe y mi relato perdería ademas toda incertidumbre:

"Si no recuerdo mal había un griego que afirmaba que los seres humanos estamos compuestos, aunque no se si todavía debo incluirme dentro de la humanidad, de dos elementos: el cuerpo y el alma. Créanme, tenía razón; y mi argumento no es un argumento a priori; el mío parte de mi propia experiencia. Estoy muerto. Sí, muerto. Y se preguntarán: ¿y cómo está escribiendo este relato? ¿Su alma ha escapado de su antiguo cuerpo y ahora ocupa el de un banquero? ¿En realidad tenían razón los creadores de Gosht y las almas pululan por la tierra hasta que realizan su justo cometido? Sepan que no. Ni estoy escribiendo, ya que los muertos hemos llegado al sueño de la ciencia (la producción por el simple pensamiento), ni soy el alma de un banquero (pues bien es sabido que los banqueros no tienen alma),ni soy una especie de manitas que lo arregla todo con afán de llegar a una especie de Superman. Simplemente, como comprenderán, no tengo demasiados entretenimientos y por lo tanto intento dar vida a mi nicho, que irónico ¿verdad?, recordando determinados pasajes de mi existencia. Al revivir (de verdad, ni que eligiese las palabras) algunas de mis historias deben saber que me entristezco, pues, no tengo la conciencia tranquila; ya que lo que la gente suele comentar por el mundo de los que ya no vivimos es que quien tiene la conciencia tranquila, se lo debe a su mala memoria.
Supongo que a estas alturas de mis pensamientos estarán deseando conocer mi historia, pero de hecho, van a tener que esperar porque en el fondo ustedes saben que lo que desean es indagar, preguntarse un mínimo, sobre la vida en las profundidades: en definitiva, quieren saber cómo es estar en un cajón (aunque dicho de este modo parezcamos tenedores y no humanos). Les voy a resolver el enigma con un par de sentencias, puesto que si no lo hiciese, atenderían a mi historia probablemente condicionados por su subconsciente, quien estaría intentando sustraer algo de mis pensamientos sobre detalles o sobre la forma de vida (sin comentarios) de los muertos. Lo único que he aprendido tras perecer, y ya se que suena a tópico, es que todos somos únicos, pero iguales, idénticos, tan caducos como los demás. Las diferencias de nuestras vidas, no se reflejan en el interior de nuestros féretros, para desgracia de algunos faraones Egipcios. En definitiva, la muerte es como estar en duermevela en tu cama pero sin posibilidad alguna de caer realmente dormido y levantarte en mitad de la noche para ir al baño. Por una parte espero que no se hayan creído que con un par de juicios fuese a resolver un misterio para la humanidad que viene de lejos; mi intención es poder ayudarles y prevenirles con los complejos sucesos que zanjaron mi existencia".
Cada vez que lo leo me gusta menos. De vez en cuando, muy de vez en cuando, hay que ser duro con uno mismo.

jueves, 7 de agosto de 2008

Conversaciones pseudointelectuales I

Que nadie se atreva a criticar a veinteñeros que emplean el msn para conversar a partir de ahora. Y yo que pensaba que el messenger este sólo servía para ahorrar en teléfono... en fin...:
"¿vale, pues y si te digo ke sino es por la poética de aristoteles, probablemente, hoy en día no podríamos disfrutar del cine tal y como es?
no m acaba d convencer dl to
es en serio nos lo explico un profe de primero
ke nos daba arte y filosofía
aristóteles es el gran compilador y el que recoge lo que siembran otros de la antiguedad
en su poetica" que conoceras gracias tus conocimientos en Teoría de la lit. Explica las partes y funciones de la tragedia detalladamentey gracias a eso grandes directores, hablo de los grandes como Hichtcock Bogart... Huston... o Quentin tuvieron un esquema y unos parametros que seguir. (me tiré)
Hay mucha gente ke relaciona la historia del cine con la historia de la tragedia griega
lo d aristotels sabia lo d compilar y tal cual sí pro no tnia ni idea d esa relacion con el cine sisi
yo creo ke si pones aristoteles y cine en google seguro ke te sale algun articulo o alo
aun asi supongo q ni guionistas ni directores necesitan d un esqema d la tragedia griega pa sus obras, no se,m suena raro.....
el cine no surge asi pq asi y las pelis no solian tener tres partes por azar (ni lo del final felíz es fortuíto, o lo del villano) eso viene de lejos de la literatura
sq al principio surge el cine mudo........ en peqeñas escenas
y no se....no veo la relacion
aver claro y el primer libro no fue una novela
a ver.....t reto a convencerm
pero al evolucionar evoluciona con respecto a algo entiendes?
el primer avion no fue un f16
vale....pero eso no corrobora na......
no te parece sospechoso ke se combine dialogos , narrador, (el mismo numero de personajes) el mismo numero de partes (y a veces de actos que son las escenas de hoy en día?
el cine sigue al teatro y a la literatura, para eso es más tardío. ¿Cuantas pelis se basan en novelas? y al fin y al cabo ¿qué es un guión sino literatura?y el teatro depende (totaltmente) de aristoteles
vale m pierdo,el mismo numero d personajes y partes??
(...)
pq crees ke se parecen tanto?
el teatro es cine sin tecnología!
pq las dos son formas q s basan en actuar!!por eso s parecen
pro eso no qero dcir q una tenga q surgir d la otra.........
vale entonces el futbol y el futbito (vease el lenguaje futbolístico)
ke son deportes en los ke se pega con el pie a la pelota
no tienen nada ke ver y no dependen el uno del otro en gran medida=?
aver como sales de esa?
stas comparando dos cosas distintas totalmente.....q se cumpla en el caso del futbol no implica q tnga q pasar lo mismo con cine y teatro
falaciaaaaaaaaaaa
boh espera si de mi no te lo crees te lo busco
vale,t sigo en parte,entendo q pueden tenr cierta relacion pro anq jamas hubiera existido el teatro,el cine podria aber surgido igual
igual no creotodo tiene su curso
lo q si pudo pasar sq al existir el teatro d antemano el cine s aprovexara
claro ten por seguro ke seria diferente
espera ke te escribo lo ke dice Gubern
si no me fio d ti q conozco....m voi fiar d un guben?? : P
"Es un cine que hereda e incorpora las más viejas y estables fórmulas de la literatura y de la mitología, que de Oriente saltaron a la europa cristiana para acabar asentándose en Hollywood"
Gubern es un grande de la historia del cine a nivel europeo...
yo lo soy a nivel... budiñes.fiate de el
dice "es un cine" como si ablara d q ay muxos tipos d cine.....a lo mjor s refiere a q determinadas pelis tiene una cierta relacion
"Los primeros mercaderes del cine habían descubierto en temprana hora que el tropismo de las masas era particularmente sensible al estímulo del sexo. El descubrimiento no era, ciertament muy original. Esixte toda una tradición artística y literaria que lo ha conjugado con exito.
(...)
si......q dices sino del gran dictador d xaplin??
pero como explicas "titanic" a partir del cine mudo????????''
pero eske chaplin no va acorde con su tiempo es un anacronismo del cine
ya pero fue el q hizo evolucionar el cine en ese aspecto
con eisestein ya a principios del 20?
y mientras en otross laos había cine mudo...
ya se hacía peliculas mas al estilo "de ahora"los 30 y cuarenta están plagadisimos de cine negro
(...)
acepto q fuera asi!! pero sigo pensando q el cine s abria desarrollao igual sin na d eso
tiooo....q saqe un 4 en aristoteles........s normal q le tenga certa tirriaaaaa

jaja
mira... el cine aparecería pero si no existiese la tragedia nuestras pelíuclas igual tenían cinco partes en vez de tres
aver empezado por ahí"

Y sigue, seguimos y seguiremos. Está genial esto de hablar.

lunes, 7 de abril de 2008

El ego subido.

Hoy me atrevo con una poesía.

¿QUIÉN ES?

Y soy yo quien te miro,
y no eres tú quien me miras;
son mis ojos llorosos, con brillo,
con cierta dosis de melancolía.
Somos ambos, mis ojos y yo,
quienes tememos por tus mejillas.
Tú y ellas,¡ vosotras!, sois frágiles,
dulces, cándidas y rojizas.
Y es él quien te mira.

sábado, 29 de marzo de 2008

Un relato de "mi autoría".

Yo, que soy el mayor amante de las entradas cortas, soy plenamente consciente de que esta entrada es muy larga. Supongo que pocos lo leerán debido a la escasez de tiempo en este mundo tan tan contemporáneo. Diez páginas en word supone prestar una cantidad superior de atención a un texto escrito mayor de la que la mayoría podemos ofrecer (me incluyo). Aun así decidí depositarlo aquí en el blog... por si acaso. Se titula:
Sinistra
Cuando me daba por perpetrar locuras no había nada que me contuviera. Si hubiese sabido como iba a concluir todo, me habría detenido en el principio. Es decir, si hubiese conservado mi sano juicio. Pero en cuanto la vi… en cuanto la vi mi sano juicio se esfumó. Me propuse pensar que era muy diferente a ella, que no la conseguiría. Sin embargo, allí había una bella mujer totalmente sola, y yo con tiempo de sobra; no tenía nada que hacer excepto buscarme complicaciones. No logré traicionarme. Sabía que lo intentaría; no podía dejar atrás una oportunidad como aquella. Hay quienes son capaces de presentir el peligro; yo no. Había salido solo esa noche, como en las películas, sin cartera, sin paraguas, dispuesto a tomarme, entre un poco de buena música y de gente oscura, un par de cafés. Nos cruzamos. En ese intervalo ambos inspiramos con cierta simultaneidad; instantes después yo me había quedado sin aliento. Su fina figura me había rozado forzadamente, aunque con tanta elegancia como intención. Al pasar, ella trataba de esconder su mano en un guante negro, digno de desayunar con diamantes. Se fijó en mí porque estaba solo y porque me había entrecruzado con ella. Yo, en cambio, cuando me fijé en ella fue precisamente cuando reparé en que efectivamente estaba sola.
Recuperado mi aliento, noté que la música que coreaban sus tacones había cesado. Decidí no desviarme, seguir mi curso, evitarme complicaciones. Pero cuando todavía no había logrado persuadirme, ella, como una tentación, se dirigió a mí:
- Disculpa- dijo, con una voz apacible, clara. Y yo me volví con tan poca torpeza como mi ímpetu me consintió. Sonrió, tenue, y continuó: -¿Tienes fuego?-. Yo no fumaba, sin embargo, por no parecer descortés, hice ademán de indagar. Busqué en mis bolsillos. Nada apareció, pero, mientras, advertí que ella tampoco llevaba ningún cigarro encima. Ni llevaba bolso ni su vestido escondía bolsillos. <<¿Qué clase de mujer requiere un encendedor si en realidad no se antoja fumar?>>, se me ocurrió. La que tiene problemas y me va a inmiscuir; esto lo sé ahora. En el momento creí que pretendía no pasar la noche sola y conversar. Simplemente, conversar...
No hizo falta que yo dijese nada. Comprendió que no tenía encendedor y me preguntó por un lugar donde pasar la noche. Me ofrecí a acompañarla al hotel más cercano y la llevé a alguno no tan próximo. Sus tacones, pues, comenzaban de nuevo a entonar; hacían un “da capo” que me llevaría “al fine”. Mientras caminábamos, conversamos; sentimos las melodías perdidas de algún club nocturno, nos protegimos de la llovizna que nos sobrevino y escuchamos, a lo lejos, un par de sirenas policíacas.
A la hora me pareció que ya habíamos rodeado bastantes manzanas y la conduje al hotel más glamouroso que conocía. Por la incertidumbre de la situación y lo mucho que habíamos caminado estaba ya cansado y traté de jugar mis cartas. –Si no les quedan habitaciones a estas horas; ¿dónde irás?-. Le dije. No respondió porque sabía que iba a continuar mi intervención. Me daba la espalda. Yo contemplaba sus estrechos hombros. -¿Puedo ofrecerte mi diminuto piso?-. Ahora me fijaba en su sombra, notaba su respiración en ella. ¿Qué clase de mujer pensarías que soy si acepase?-. Alegó. -La misma que está sola de madrugada en un lugar donde parece no tener casa, que lleva guantes negros de seda y que le pide fuego a un completo desconocido-. Repliqué, con acierto. Se detuvo. Se quedó paralizada delante de mí, en una esquina, sin volverse, sobre uno de los escalones de las fastuosas escaleras del hotel. Dos agentes salieron por la puerta. Se fijaron en ella. Al verlos se giró, me tendió la mano; me abrazó. Todo era extraño. Todo estaba en blanco y negro. Había aceptado mi propuesta.
Como todas las mujeres quiso ir al baño antes de acostarse. Como todos los hombres, le presté una camisa. Estaba muy graciosa; le quedaba floja. Dejó correr el grifo largo y tendido, debió de tener una conversación interesante con él. ¿Yo? Esperaba; el sueño no me había vencido. Antes de entrar en la habitación aguardó un momento en la puerta. Ésta estaba abierta. Nos miramos. Como si se sintiese culpable por algo, por invadir mi morada sin entregarme nada a cambio, me miraba fríamente y sin ardor. Su mente estaba lejos; absorta. Pero esto lo se ahora. Creo que tenía las manos frías.
Hicimos el amor como dos voces de un coro; a la par, pero respetando los silencios, las entradas; forjando bien los matices, los puntillos y las ligaduras, sobre todo las ligaduras. El ritmo nos lo marcaban la hora y el compás; creo que era un Andante, aunque en seguida se convirtió en un vertiginoso Presto. Empezamos piano, ligero; pronto dejaron de notarse las diferencias entre las voces. Ella ejecutaba perfectamente las semicorcheas; marcaba con destreza los esforzando: se dejaba poseer en sus pianissimo. Cada vez que yo hacía una síncopa se le escapaban un par de gallos, notas falsas, destemples… Parecía un tema con variaciones con forma de canon; siempre que el otro tenía una parte persuasiva, esperábamos nuestro turno para darle réplica. Nuestras voces se superponían la una a la otra, se entrecruzaban, y en ocasiones se rozaban con suavidad. Cuando la partitura se acabó, cuando llegamos a la doble barra, volvimos al principio, entusiasmados. Si cabe con más maestría, virtuosos, demostramos que habíamos pasado mucho tiempo calentando nuestras voces, ensayando por separado. El primer movimiento, que consistía, realmente, en salirse de los registros lícitos y avanzar por cromatismos hacia el centro de nuestros cuerpos no lo ejecutamos en esta repetición ya que albergaba demasiados tresillos y adornos; pasamos al segundo, más lento, un adagio; no queríamos sucumbir por placer. Se nos iba la medida, perdíamos el ritmo, por momentos aquello parecía una marcha turca. Yo apreciaba que ella sabía tocar el piano al dedillo, pues, dominaba plenamente la digitación. Llegando al final de la humilde “opera”, durante toda la Coda, hicimos el más histriónico, el más dramatizado de los rittardandos habidos, que hay, y por haber. Realizó como una amazona un pequeño mordente sobre mi oreja y entoné la cadencia final. Auténtica. Perfecta. El metrónomo se detuvo; nos desmoronamos, subyugados al sueño. Excelente opera prima.

Despertamos. Era tarde dentro de la tarde. Teníamos las manos juntas, como pegadas. Ella se percató de la sensación y propuso que nos diésemos un baño; tranquilos, relajados. Le ofrecí algo de beber. Me dijo que un licor. Se dejó llenar el vaso hasta arriba y empezó a catarlo con sorbos delicados. Ya estaba en la bañera. Observé un instante su elegancia al beber y recuerdo que se me vino a la cabeza un verso de un poema que dice que “la vida es un licor que debemos apurar de un trago”. Me introduje en la bañera. Hablamos de literatura, política, arte, cine… Era un poco radical, pero perfecta. Su sonrisa, su voz, sus ojos, su piel, sus manos, sus piernas, su cintura, su pelo pasaron de mis ojos a mi mente cuando salió de la bañera y retiró las últimas gotas de su piel. Me dijo:-El agua está ya fría, y, es muy amarga el agua fría-. Se vistió con mucho estilo para encontrarse desnuda delante de un hombre. Le pregunté por qué no se quedaba un poco más; le dije que rellenaría con agua caliente aquella pequeña piscina. Le pedí insistentemente que no se fuese- Si no me mirases tan calidamente, por tu comentario, podría despreciarte. Dijo; y añadió: – Sabes que esta noche volveré, al menos esta noche-. Supo encontrar el pasadizo que la lleva lejos, a su otro mundo. Me quedé en la bañera, observando cómo caminaba hacia mi puerta, evadiéndome, alejándose hacia algún lugar con el que yo no concuerdo, donde yo no existo junto a ella.
No recuerdo con demasiada nitidez qué hice el resto de esa tarde y el principio de esa noche. Supongo que la esperé. A esperar se aprende entre unas manos que te agarran, que te atan sin ternura, en esquinas, en bañeras, en largas tardes de aburrimiento. A esperar se aprende con lentitud, leyendo frases sin sentido, que no vienen a cuento, que no te maravillan ni te mantienen atento. A quienes nos gusta esperar solemos pensar mientras lo hacemos. Pensé en Julie; así se llamaba.
Llegó tarde, de madrugada, con un brillo extravagante en los ojos. Sonriendo con la alegría primaveral de las tres gracias de Rubens. Tenía el pelo húmedo, estaba lloviendo; me besó. Me lo merecía, ya que había aguantado despierto. Con conversaciones metafísicas pasaron las siguientes horas. Estábamos delante del televisor; el televisor estaba apagado. Ella todavía tenía seda en las manos. Nos acostamos. Pero sin placer. Un tal Epicuro decía que tenemos necesidad de placer cuando sufrimos por no estar presente el placer; cuando no sufrimos, ya no necesitamos el placer. Hablando con Julie yo no sufría; era absurdo sufrir, ella era una delicia. Me abrazó, me ató con sus manos durante toda la noche.
Como un milagro. Había aparecido en mi vida como una epifanía, como un rey mago. Los diez u once días siguientes fueron surrealistas, dadaístas… alegóricos. El regalo era realmente irresistible: un atractivo que paraliza la respiración, una elegancia sublime, conversaciones que no llevaban a explicar nada o que lo aclaraban todo; fiestas, sus contactos, gente importante. Todo era realmente encantador, pero yo no entendía nada. A veces se ausentaba, pero no me importaba, me parecía normal. Éramos como una escultura sin modelos clásicos, llena de originalidad. Más fiestas, más fiestas; de etiqueta. Creía que era de estúpidos negar una realidad, aunque no se sepa qué es.
La única vez que descendimos desde su mundo confuso y perfecto, lleno de formas geométricas, hasta mi mundo sensible, la llevé a un club de jazz al que yo solía ir cuando los clásicos me aburrían. Fue entre semana; la noche se me hizo muy corta. Escuchamos a un Count Basie, a una Billie Holiday. Todo era una farsa; ella no disfrutaba, o quizás sí, pero disimulaba. Entre aquella atmósfera cargada, su boca silenciosa se posaba en su copa llena de un licor rojo, un rojo menos intenso que el de sus labios. Yo ejecuté a la perfección mi papel de anfitrión; simulé que conocía al camarero delante de ella, la invité al mejor champagne de la casa e hice que le dedicasen una canción justo cuando volvía del toilete. Todo era una farsa; pero seguimos allí conversando sobre nuestra infancia entre el humo y el jazz, narrando lo muy absurdas que eran nuestras pueriles hazañas. El jazz ya se arrastraba, eran probablemente las cuatro de la mañana. Esa noche le pasé una mano por el pelo y se sintió mejor; parecía gris, triste. Toqué su boquita; su labio de arriba era el cielo, el océano era su otro labio. Aparecieron unos besos sobre la almohada. Mi imperio conquistó esa noche la porción más hermosa y elegante de la Tierra.
Llovía, llovía, llovía por las mañanas. -¿Cariño, qué es para ti la intensidad?-. Me preguntó. Me había sorprendido la pregunta. Me daba mucha rabia que siempre me sorprendiese. Me miraba muy de cerca y noté que sus pupilas se agrandaban por mi sombra. -Tus ojos-. Respondí. Me abrazó, éramos como dos gatos.
Llovía, llovía por las tardes. Dijo que esa noche tendría que ausentarse, que volvería mañana al amanecer. No hice preguntas, no las quise hacer. Aun así me explicó que iría a una fiesta muy elegante, que era una de las razones por las que había venido a la ciudad. Esa tarde dejó que le llenase la copa varias veces de un licor transparente. Nunca había bebido tanto.
Llovía por la noche. La miraba con lástima, como si ella no quisiese irse, como si ella tuviese que decirle que no a lo que realmente quería, ignorando qué iba suceder.
No volvió a la amanecer; pasé todo el día buscándola en comisarías, ambulatorios, hospitales, hoteles, moteles, hostales... Antes de intentar dormirme leí un periódico; había muerto un magnate de la prensa, una eminencia en su oficio, alguien muy importante, casi un mafioso que veneraba una palabra como “Rosebud”. Había una foto en el periódico. Era un hombre grueso y muy apuesto a la vez. Esmoquin blanco, pajarita negra, muy peinado, con anillo dorado. Estaba rodeado, en lo que parecía ser la fiesta más sofisticada del año, de diseñadores importantes, modelos, en fin… “celebrities” momentáneas. Pero justo detrás, hablando con un diseñador, un tal Wivenchy que en una ocasión me habían presentado, estaba Julie. Estaba de espaldas, pero llevaba un vestido blanco, abierto por detrás. Reconocía con suma claridad las curvas de su cintura, su columna y sus caderas sinuosas. Cuando salió de mi piso no llevaba ese vestido; antes lucía un abrigo negro. Lo habría comprado esa misma tarde, pensé. Me extrañó que sujetase su copa, de nuevo, con sus guantes negros. Julie, con su belleza y elegancia, era la única que podía aunar en sí misma la negrura de unos guantes y la blancura de un vestido sin llamar la atención. Era como una imagen poética de la ceniza o de un teclado.
Pensaba, le daba vueltas a la situación: ¿Volvería a verla? Me desperté en mitad de la noche y en lugar de darme cuenta de que todavía me quedaban unas tres o cuatro horas para disfrutar de mi cama vacía de matrimonio, únicamente la tenía a ella en mi mente. Su sonrisa, su voz, sus ojos, su piel, sus manos, sus piernas, su cintura, su pelo, nada de esto estaba en mi sueño, pero en cuanto mis pupilas empequeñecieron surgió, como si de una tempestad se tratase, ella, casi entera, pues sólo le faltaba su elegante vestido, en mi mente.

Deliraba: “Pero ¿Por qué la contemplo al desnudo? Todavía la estoy notando; aun no me ha vuelto a vencer el sopor, ni creo que lo haga si sigue estando ella aquí en mi cabeza. Es evidente que la añoro y que resulta más bella al natural, pero, ¿No estaré ligeramente trastornado?
No adormecía de nuevo. La almohada, bajo mi cuello semejaba un cactus defendiéndose de sus depredadores, mis pensamientos, buscando sólo que me incorporase.
Enloquecía de nuevo: “Pero yo no quiero, no quiero levantarme porque sé que si me alzo la perderé de vista en cuanto parpadee, por ese motivo, aun en horizontal, estoy intentando alargar desesperadamente cada uno de mis pestañeos, por si en alguno de ellos, vuelve la calma a mi mente, una calma, un sosiego sin Julie que llevo aguantando casi dos días y que al parecer, aunque yo no lo notase, me estaba consumiendo por dentro, como una polilla a una table, vocablo que siempre pronunciaba Julie, de castaño puro, tan puro como era mi pequeña, mi ángel, mi Sol, mi otro yo; un yo que estaría ahora durmiendo con una camisa de alguien, o ya sin ella, tal y como yo la contemplo en mi mente, aunque ahora, ahora sí, la pierdo, empiezo a perderla, pues una gota, una gota de cada ojo empieza a deslizarse por mis minúsculas patas de gallo por no emplear mis párpados, provocándome una sensación inaguantable; tengo que pestañear, sin duda no lo soportaré mucho más, pero es que sé que no permaneceré observándola si lo hago ya que ella se va con las lágrimas, que son egoístas y se llevan su pelo, su ojos, su labios, su cuello, sus dedos, sus pechos, su cintura, sus piernas, sus tobillos, sus pies, su cintura, su ombligo, sus manos … mis pensamientos...”

El cactus en el que tantos besos habían florecido días atrás era ahora suave césped con el que yo había vuelto a la calma. Era mediodía. No sabía qué hacer, me encontraba perplejo ante la realidad. Todo había sido demasiado apresurado. ¿Cómo seguir en medio de esta irrupción fugaz e inevitable? Continuar; esa era mi consigna; la última ilusión para defenderme de mi pérdida, de mi extravío. No soy de los que bailan al son que le tocan. Para seguir el camino en solitario encontré algún libro, ciertos cuadros, alguna que otra melodía. Pero es una simple sensación que nunca se cumple de verdad. El fracaso parecía mi vocación fundamental, y él mismo, mi fracaso, segregaba dolor. Una noche más transcurrió.

Dejó de llover al día siguiente y la realidad se desemperezaba parsimoniosamente. Todo callaba, todo estaba silencioso. El cielo totalmente inmóvil, claro, sin incógnitas, sin nubes. Tanta luminosidad de mañana debilitó, inutilizó mis ojos, mi mirada, pero me permitió pensar en Julie, mi rompecabezas. Comencé a dudar. Dudar; el más elevado grado de la inteligencia. Existe gente que puede vivir sin la inteligencia negando las incongruencias con facilidad, viviendo como si no existiesen, cerrando los ojos ante la maldad. Pero esa es la felicidad y la forma de vida de la ignorancia, de la negligencia.
No quería perder a Julie y no quería descubrirla del todo. Tan sólo investigar con diligencia, indagar un poco. Retomé la fotografía del periódico. Seguía allí ella, “comparable a los dioses”. Traté de no pensar pero la lógica me llevó a leer el artículo entero. El magnate muerto, el señor Wenimer, se había desplomado en mitad de la fiesta. Tenía un gran peso en un partido político que hace poco había sufrido un gran revés y era muy mayor. La policía apenas hizo preguntas. Dos semanas antes, en otra fiesta se decía que había muerto de una manera similar un importante juez; Mr. Baiser. Esta coincidencia me extrañó. Seguí leyendo y encontré (como si fuese un artículo de la prensa amarilla) todos los nombres de los que aparecían en la fotografía. El nombre que daban a mi querida Julie era: Eva Venin. Mi callejón tenía una puerta. Busqué información sobre ella. No le iba mal. Había estudiado Filosofía y letras; trabajaba para un periódico cierta importancia, en la ciudad. Un famoso personaje al que le agradó una de sus entrevistas era quien la invitaba a las elegantes fiestas. Eso me explicaba el misterio de sus contactos. Todo estaba tremendamente lejos del cuento que mi querida Julie me había contado. Me dolía. Estaba despechado. Solo. Desencantado. ¿Por qué habría querido mentirme?
Fui a la sede del periódico en el que trabajaba Eva Venin. Decidí disfrazarme y solicitar una entrevista, pues era la propia Julie quien se ocupaba del personal. Pero no estaba; era su mes de vacaciones. Por fortuna me entrevistaron en su despacho, había una carta a su nombre y apunté la dirección. Vivía en el otro vértice de la ciudad. Fui andando. Pensé que debía poseer mucho talento; era joven y tenía éxito. Le pregunté a una pareja por su calle. Llegué al fin a su piso. No sabía qué iba a decir, no sabía cómo me iba a justificar. Desconocía incluso cómo la nombraría. Llamé a la puerta. Nadie abrió. Empezaba a parecerme a un personaje de Kafka.
Esperé en su entrada. Al poco rato llegaron un hombre y una mujer. Era ella. Me aparté de su camino subiendo unas cuantas de escaleras. Él no parecía su amante. La dejó en la puerta, la abrazó con ternura y se fue. Volví a llamar a la puerta. Mi Julie pensó que era el desconocido; abrió. Este gesto, este “abrir” fue un conocer de nuevo. Éramos dos espejismos enfrentados. En un gesto de caballerosidad le cogí la mano, se la iba a besar, pero no me dejó. Se dio la vuelta y me invitó a pasar. No le pedí explicaciones, en cambio, ella me las dio. Tras el inicial “érase una vez” le dije que se lo ahorrase, que quería conocer la verdad. Su mirada entonces la delató. Fría, indolente, atormentada, hostil.
Me confesó que la noche en la que nos entrecruzamos venía de una fiesta en la que había muerto un hombre. Me explicó que conocía al hombre. Reflejaba una capacidad estilística ilimitada. Una inventiva inagotable. Una poética inaudita, un dominio del tono insólito y una audacia expresiva que llegaba a lo obsceno. No me convenció. ¡Le pegué un grito! Me alteré exageradamente y quizá se asustó. No confesó haber hecho nada. Había mantenido una relación con aquel magnate capitalista, con aquel fracasado Orson Welles; las autoridades creían que ella estaba detrás de la muerte del periodista mafioso y, por ese motivo, me dijo que había decidido evaporarse conmigo unos días; catarsis, qué admirable palabra. Sus ojos me embobaron de nuevo, otra vez; otra vez. Había resuelto mis dudas. Ella no me convenía. Era una Venus en un precioso cuadro, en un lienzo sin enmarcar. Una escultura con la espalda sin tallar.
Tenía sus guantes puestos. El negro seguía sentándole muy bien. Bajamos a una cafetería y pisamos esa noche, vagando, más de un andén. Cantamos a capela. Escuchamos de cerca nuestras más maravillosas melodías. Todo sonaba al ritmo de la reconciliación. Preguntas ocupaban mi cabeza, sus ojos, mi núcleo, mi interior.
Volví a mi piso. Sabía que ella era no honesta, pero desconocía mi ignorancia acerca de la maldad. Pasaron los días, seguíamos viéndonos y yo había compuesto una historia en mi cabeza. Era Eva una pobre chica que había tenido que hacer algo malo por dignidad, despecho, por honor. El magnate la había tratado como a una buscona, malinterpretando su ambición. Era justicia lo que había en mi mente; ni un grano de crimen, ni una gota de dolor. Todo era un puzzle para niños, lleno de inocentes figuras con odio y de honradas piezas con rencor.
Pasamos tres, cuatro, cinco ¿acaso una semana juntos? No era lo mismo. El contenido de mi historia parecía no tener un final feliz. Mi película que antes sí parecía de Capra estaba exenta de su happy end. Creí que todo volvería a ser como lo era la primera vez. Mas, la originalidad de aquel surrealismo, como toda originalidad, se acabó perdiendo y se convirtió en una muerte dulce, con cariño pero sin amor. Aquella particularidad de nuestra estatua, la nuestra, la había raptado ahora otro escultor. Julie era ahora Eva Venin. La Maga se había convertido en Madame Bovary.
Cuando volvió a trabajar, empezó a rechazarme. Nuestras óperas eran ahora nocturnos romanticones; demasiado cortos, sin metrónomo, sin ligaduras, sin un sólo matiz. Me decía que no podíamos vernos con tanta frecuencia. Que no tenía tiempo. ¿Se estaba arrinconando lejos de mí? Yo me había centrado durante mucho tiempo en ella. La había encubierto en mi mente. Por y para ella, había procurado mi propio perdón.
Volvimos a mi club de jazz. Fue un fin de semana. Recuerdo que la noche se me hizo muy larga. No cantaban esa noche en directo. Había un tocadiscos, había que pagar. Nos rodeaban sólo un par de jovenzuelos soñadores. Todo estaba nítido, no había una gota de humo, no había puros, no había magia, no había azar. No mojó sus labios con el licor de su copa, quería mantenerse en pie, sobre sus tacones, quería que yo no la abrazase, quería poder andar. No probó el licor. Y mientras yo ingería mi ginebra de un trago me susurró: “tenemos que dejar de vernos; te tengo que evitar”. Me quedé perplejo. Me levanté, pagué las bebidas y di una propina a uno de los camareros para que en el tocadiscos sonase cierta frase hiriente del “As time goes by”. Cavilé, entonces, demasiadas tonterías. Pensaba en existir y no querer hacerlo. Aquella situación había agotado todo mi perdón, toda mi espera; tenía, ya, mi alma agonizante aunque en mi triste cuerpo aún me quedaban fuerzas. La puerta que había encontrado en mi callejón sin salida, en la que había acumulado todas mis esperanzas, tenía echada la llave.
Hice que mi vientre sustituyese a mi pesaroso corazón. Seguí adelante dolido, pero sin rencor. Pretendía no pensar en ella pero cuando mi atención se desviaba de lo que me convenía, reaparecía Julie, como la sempiterna manzana, la eterna tentación. Pasaron los días, incluso alguna semana. Debo confesar que en ocasiones la visitaba; iba a su calle, a su café, medio descubierto, medio enmascarado. Ella me reconocía, me descubría pero parecía no importarle. Me observaba huidizamente, con lástima. Nunca, nunca me saludaba. Las noches se me hacían largas; eternas eran mis mañanas. De vez en cuando la había llamado para poder escuchar su voz. Pero colgaba sin hablarle. Sabía que era yo. Por las tardes leía, tocaba el piano, tomaba cafés de dos horas, soñaba con Julie, y siempre, siempre me acordaba de todas sus palabras y de nuestra primera “canción”. Me intenté centrar en mí mismo, me fui un par de fines de semana al campo. Cuanto mayor era mi relajación, cuanto más lejos estaba de la ciudad, más pensaba en ella. Añoraba sus locuras, sus momentos de enajenación, sus manías, sus chifladuras, también sus depresiones. Estaba con otro. No podía dejar de meditar en eso. Me convencía de que debía ser así, de que era normal; una joven inteligente y apuesta, elegante y preciosa no podía estar sola, esperándome. No podía dejar de pensarlo. Hay gente que es capaz de afrontar los problemas; los acatan sin especular, yo, en cambio, me hago preguntas. ¿El ser humano es el único animal que se pregunta? ¿Por qué no puedo buscar a Julie? Pero esa no era realmente duda; debemos formularnos mejores preguntas; a veces son más importantes que la solución; ¿Existe todavía algo de Julie o se ha transformado en Eva Venin? Tantas veces había evitado esa cuestión…
Se aproximaba una fiesta importante a la que con toda probabilidad acudiría el sujeto de todas mis preguntas, mi otro yo. Estaba decidido a ir. No sabía qué decirle; no sabía por dónde empezar. Moví unos hilos para conseguir una invitación. Compré un traje nuevo, caro, negro, elegante, exquisito, digno de todo un señor. Sólo esperaba que Julie acudiese a la fiesta. Y allí la veía tan acompañada por personas importantes que ni siquiera se fijo en mí. Parecía más Julie que Eva Venin. Yo estaba con mi asiduo amigo, el licor, en la esquina de una barra observándola desde la distancia y con temor. No paraba de saludar a gente de periódicos, a bribones de la radio, a casanovas del cine y a algún que otro genial escritor. Yo apenas conocía a nadie, estaba sólo con el educado camarero y mi licor. Durante un tiempo perdí de vista a mi objetivo, estaría camuflada detrás de alguna columna griega que había en la sala, junto a alguna escultura o echándose a los brazos de algún bribón. Pensaba eso y me refugiaba en mi pequeño vaso, en mi amargo licor. Se acercó a mí, me rozo sinuosa y suavemente con su guante negro mi oreja y me susurró para torturarme: -espérame en el “club de Jazz” cuando la fiesta acabe. Haré todo lo que esté en mi mano por acudir-. Se había rendido a mi traje, a mi osadía. Pero mis celos combinados con mi rabia crecida por verla tonteando con Don Juanes, lectores aficionados del Ars Amandi, no me permitieron irme de allí. La realidad se precipitaba ante mí. La razón sirve para disecar la realidad pasada o la futura; ¿cuándo aprenderemos a usarla en complicaciones, en momentos de tensión?
En la fiesta había aparecido un hombre muy importante. La nueva sensación, la esperanza de aquel partido tan reaccionario al que pertenecía el difunto magnate del capitalismo gris. Era un hombre selecto. Austero, serio que miraba a todos sin apenas hablar. Había rumores de que planteaba cambios demasiado importantes para nuestra ciudad. Todo el mundo sabía quien era; todos lo admiraban con su rostro de frente y lo reprendían después. Era una situación cómica, parecía un extracto de los hermanos Marx. Yo seguía en la barra, bebiendo, perplejo ante la extraña situación. Aquel era un instante importante, sin duda ocuparía algún que otro titular. Me fijé en Julie; observaba los movimientos de aquel jovenzuelo letrado, de aquel “gallardo” hombretón que se apellidaba Barcosí. Estrujaba la mano a los varones, besaba a las mujeres. Se acercaba el turno de Julie. No podía permitir que la babosease. Fui a impedirlo acercándome a la espalda de Julie. Pretendía evitar su encuentro y despedirme, a la vez, de ella hasta después, claro, hasta después…
Había un gran eclipse, y yo era el Sol. Luna se llamaba Julie; Tierra era aquel político pecador. Todo estaba oscuro. La luna le tendió la mano a la Tierra; el planeta la sujetó, pero el astro, encendido, apasionado, violento y exaltado, a la luna, a Julie, volteó. De rodillas, le inmovilizó la otra mano, la izquierda, la siniestra con tanto ímpetu como furor. Le besé la mano como si le acabara de declarar todo mi amor. Levanté mis rayos hacia los mares de la Luna y sus ojos, felinos, helaron toda mi pasión. Transcurrió un instante, todos estaban sorprendidos, la música de la fiesta se paralizó. Mi boca estaba rancia y amarga: el mundo, por la interposición de aquel beso, había cambiado de color. La mano izquierda de Eva Venin escondía humedad entre la elegante seda; un veneno que sabía a un licor. Me desmoroné hacia el elegante parqué, pero Julie, estremeciéndose por el error, me abrazó con sus manos. Concluyó el eclipse. Concluyó todo el espejismo. El Sol se extinguió.
Yo todavía te siento temblar contra mí como una luna en el agua”.