sábado, 8 de noviembre de 2008

¿Historia sin final o imperfectum?

Había escrito hace un tiempo una historieta a la que ahora mismo no soy capaz de dotarla de un final, por lo menos de un final a lo Capra, y se lo merece. Todo el relato y, en especial su título, me recuerda a mi primera entrada. Me había olvidado de colocarla en el blog:
Hay quienes dicen que donde está tu fracaso es donde se encuentra lo más trascendente de ti. Cuando lo leo me siento con muchas ganas de escribir lo contrario. Unos dan lo mejor de sí mismos subidos al laurel, en el triunfo. Otros, en cambio, seríamos unos estériles si no fracasásemos un poco cada día. Quizás no sea loable y ni siquiera se pueda medir por idéntico rasero el triunfo y el fracaso de todos.

–¿Hace más de un año que vivo totalmente sola, sabes?-. Me dijo Ana. Es demasiado agradable. -Sí, contesté,-pero es peligroso porque acabas acomodándote y cerrándote a los demás-. Ella conocía perfectamente mi carácter extrovertido, que había derivado desde hace unos meses en una extensa red de amoríos. Se sorprendió durante unos instantes de que fuese tan franco con ella, pero en seguida respondió con la resignación de alguien que vive alejado de la sociedad. –Yo hago como tú. A ti las circunstancias te acercan a una mujer y tú la tomas; con respecto a mí, se obstinan en no presentarme nada, y no tomo nada. ¿Para qué contrariar al destino? La soledad no solo me gusta, me llena. Quizás podría decir que es el placer más grande de mi vida actual. Ana es pintora, pero nunca he dejado que me retratase. Le propuse que viviese conmigo y que así le serviría de inspiración. No aceptó. Me confesó que no podría arriesgarse a estar conmigo a solas más de un par de horas.-Ya sabes que te adoro-, dijo. Somos amigos desde que murió mi novia. Ella era su amiga desde hace unos seis años, desde que empezamos, todos, nuestras carreras. Ana tuvo la desgracia de ser quien conducía el coche en el momento en el que tuvieron el accidente. Desde entonces, si a ella le llena la soledad, a mí me satisface de lleno su compañía. Nos vemos a menudo.

-Un café con hielo-. Esa era toda la conversación había tenido con ella. Estaba atónito. Era nueva. Creo que lo que más me sorprendía de ella era cómo me miraba, ya ni siquiera eran sus ojos, sino su forma tan cálida de fijarse en las personas. Había reparado también en que de mis amigos sólo lo hacía conmigo. Cada vez que tomábamos algo en aquel nuestro café, nos había atendido ella: tenían dos camareros y no siempre le pertenecía a ella el terreno que pisaban nuestros sofás. Por la noche, al cerrar el café, solíamos ir todos a los pubs. A veces la veía. Los dos recorríamos todos los antros con algunos amigos, sin buscarnos, aunque tratando de toparnos el uno con el otro al doblar una esquina. ¿Cuántas veces me habré quedado absorto y ensordecido, en vano, al encontrarme una joven parecida a ella? Como camarera era torpe y distraída, pero nunca conseguí ponerla nerviosa y eso me descolocaba. No era de las que se dejan intimidar. Yo Buscaba algo, pero no tenía todavía claro el qué. No estoy del todo seguro pero creo que ya desde este inicio ella se movía también hacia una meta; yo. Cuando nos topábamos al doblar esquinas, de noche, nunca nos hablábamos, ni un saludo, simplemente utilizábamos la mirada para declarar nuestro interés. El primer día le hablé yo. Ni siquiera recuerdo qué dije, pero debió gustarle porque al instante me besó. Le pregunté el por qué de aquel repentino beso, le dije: ¿por qué has hecho eso? Me respondió como una niña, me dijo: “quería saber qué se sentía y si me iba a gustar”.
-¿Qué se siente al besarme?-. Le pregunte. “Es como hacer el amor con muchos otros” Contestó. Desde ese momento, y no se muy bien por qué razón, cuando la veía me recordaba siempre de lo que había respondido Tony Curtis a un periodista que le preguntó qué se sentía al besar a Marilyn Monroe. Lo que éste dijo fue: It is like to fuck with her. Mi inconsciente… que es un poco canalla.

“Me gustan porque no son tristes” había dicho sin despegar un momento su mirada de mis ojos. Mi silencio hizo evidente el desconcierto que sus palabras habían provocado en mí y ello pareció gustarle. El desconcierto era porque lo había dicho sin pensar. No había sido sorprendido, a mucha gente le gustan mis ojos. Pero esas pocas palabras de apariencia tan casual, tan vacía, revelaban una magia que sólo un par de momentos antes estaba oculta. ¿No hacía ya largos meses que nos encontrábamos casi todas las noches? ¿Por qué me habían desconcertado sus palabras? Parece que todos llevamos una máscara. Siempre. Todo es un disfraz, que nunca es el mismo para cada uno de los papeles que interpretamos: el amigo, el intelectual, el novio, el amante, el cobarde, el traidor, el traicionado... Creo que ella era la única persona que me veía a los ojos fijamente y conseguía verme desnudo, sin ningún tipo de antifaz. Esa noche, de camino a casa, pasé junto a un pequeño y encantador cine de reestrenos. Ese mes ponían un ciclo de clásicos: estaba dedicado a Humphrey Bogart, su actor favorito. Me detuve y estuve un tiempo bajo la marquesina mirando los carteles de las películas programadas para los próximos días. Volví a casa después y escogí casi al azar una agencia de viajes en el listín telefónico y le dije al que descolgó el auricular que quería ir a Cayo Largo. Fuimos juntos donde rodaron su última película juntos dos de los más grandes: Bogart y Bacall. Las primeras dos semanas nos fascinó Cayo Largo, las dos últimas se aburrió. Pero las personas que soportan con facilidad el aburrimiento, como ella, son las más interesantes porque tienen tiempo de sobra para pensar.

Llegué a pensar que a Ana le había ocurrido algo realmente malo y me preocupé. Cuando crucé la puerta de su pequeña casa de campo me encontré todo el pasillo lleno de gotas de sangre. Grité y me asusté de mi propia voz. Ella gemía de dolor. Estaba en el baño, al verme se giro y me dijo que se había cortado en la zona de la nariz. No quise preguntar ni cómo ni por qué. Le pregunté si le dolía y me dijo: “No, únicamente al respirar”. Nos reímos y añadió: “También al reírme”. Me gusta estar con Ana. Cuando estamos juntos no necesitamos hablar. Sabemos en todo momento lo que el otro piensa. La gente normalmente tiene miedo a estar en silencio ante sus amigos y suelen rellenar esos huecos con frases hechas. A mí no me parece mal que lo hagan, me gusta hablar, aunque sea por hablar. La vida es quien ha hecho a Ana más callada que yo. Solemos hablar sobre Joa. Compartimos momentos que pasamos con ella, en el fondo a los dos nos vienen bien.

Lo de aquella noche parecía necesario. Ella estaba sentada en su sillón, pero a mi lado. La sorprendí cuando me miraba a los ojos. Ana nunca me mira a los ojos, y no se el motivo. Dudaba en comenzar una conversación después de lo que habíamos hecho. Me sentía otro. Y limpio, como si no le hubiese fallado a nadie, como si lo sucedido hubiese sido determinado por el destino y no por las circunstancias. “Todo hay que volver a inventarlo, Ana; el amor no tiene por qué ser una excepción. La gente cree que ya no existe nada nuevo bajo el cielo y se equivoca”-. “Yo soy de las que opino que inventar, en este mundo significa, como antiguamente, “buscar”, dijo, melancólica. Añadió: “Cuando pienso que hace a penas dos horas me estabas sacando el pantalón, como si fuese Joa, que me acariciaste las tetas…” Entonces yo la apreté hasta que se quejó, como intentando eliminar lo que habíamos hecho. En aquel momento yo era la circunferencia y ella el círculo.


Cuando estaba con Joa yo era su causa primera, el principio y el fin de toda realidad; y ella lo era para mí, puesto que ya en aquel entonces el Dios hacedor cristiano no existía en mi mente. La quería a ella, nada más: en aquel momento yo quería lo que yo era y estaba libre del acecho de Dios. Ahora, con su muerte, todo apunta hacia la religión y es más, todos hacen que apunte hacia Ella. Pero si me dirigiese a los brazos de Dios sería un egoísta porque me estaría librando de mí mismo para acercarme a lo que supuestamente me libró de lo que era mi causa primera. Él me ha sacado de donde yo estaba, de donde yo quería lo que era, de donde era lo que quería. Quizás esté demasiado trastornado y cansado como para pensar. Dejémoslo.

Hoy es el día después. El Sol ha vuelto a salir. No debe saber que te has ido. Dormí muy bien y me siento culpable, porque dormí sólo. Lo primero que hice fue buscar en tu parte de la cama. No estabas y decidí escribirte algo para sentirme mejor. Hay gente que con los matices de la música consigue mejorar su ánimo. Yo cogí un bolígrafo porque el piano y el chelo no estaban a mano. Creo que la tinta es negra, no se si es impresión mía o lo es en realidad. Todo está distorsionado, la luz del Sol me ciega: cualquier sitio en el que deposito la mirada está lleno de blancura, resplandor, de tu tez. Me paro a pensar y recuerdo que ayer tu entierro fue precioso. Todo lo que un evento como ese puede serlo. Pienso en ti y en cómo puede ser la muerte. Incluso me la imagino; la muerte se ha vuelto para mí inmortal, ahora siempre la tendré presente. Tu muerte es para mí todas las muertes, es irremplazable, perfecta. Aunque quizás no debería hablar de la muerte, sino del final de la vida. La muerte es perfecta, lo imperfecto y fallido es la vida; supongo que tanto la tuya como la mía. Tú no tuviste lo que merecías. Cometimos un fallo; no vivíamos en función de la muerte, sino que vivíamos olvidándola. Y olvidar la muerte lleva a no extraer de la vida sus más profundos significados, a no alcanzar de cada placer el mayor goce, de cada fe su mayor recompensa, aunque sea ésta ficticia. Ya desde hoy siento que tu muerte es como un cuadro colgado en la pared que desde la cumbre preside, con una certeza inexorable, mi existencia. Siento que me vigilas. La mayoría de las personas se aferran al espíritu y se amparan en la fe para luchar contra la muerte. Pero ¿cómo podrán ver morir lo que no vemos? La trampa de la muerte, astutamente, está cerrada. Lo único malo es que tú también has caído en ella.

Hacía ya casi un mes que no veía a Ana. Todo era un juego en el que todavía teníamos que establecer las reglas, todo estaba en el aire, y a bote pronto estábamos enganchados el uno al otro. Era difícil que coincidiesen nuestras vidas en un punto concreto donde nos pudiésemos ver. Eran muchos nuestros quehaceres y constantes los viajes de ambos; siempre por separado. Aun así manteníamos largas conversaciones por las noches, pegados al auricular. En realidad ambos estábamos empezando a conocernos, a nosotros mismos y al otro. Nadie sabía lo que quería del otro todavía, y eso está muy bien. Yo me iría un par de meses a hacer una especie de Master al extranjero y ella tendría que trabajar en fechas venideras, por lo que decidimos recorrer cada uno la mitad del camino que nos distanciaba. No fue coser y cantar. Había huelga de trenes ese día y hacia nuestra estación mediadora solo venían dos. Yo llegué primero al andén de la estación. Casi media hora por delante, todo un mundo para pensar. Sentía nervios, mi estomago daba vueltas pensando en el encuentro casual. La estación tenía bancos donde sentarse pero no aguanté demasiado en uno de ellos. Con inquietud fui a husmear por las tiendas de la estación y acabé viendo la cartelera de los cines. Pensé en llevarla, pero nada me gustó, todo era cine comercial. Quedaban sólo diez minutos y me propuse observar a la gente que esperaba entrar en el tren en el que venía Ana. Todos eran raros. Ninguna persona que a primera vista se pudiese llamar normal. Me desestabiliza la gente extraña que no sabes como ha de reaccionar. Una pareja homosexual me echó algún piropo que al llegar Ana procuré no mencionar. Entonces me di la vuelta y procuré no volver a observar. Ya sólo eran tres o cuatro minutos que los pasé observando una placa que habían colgado en la estación. Me fijé en nombres y apellidos y entre algún Váquez y varios Pérez el tren llegó. Me giré y la vi salir del tren: todavía tenía que llegar hasta mi andén cruzando el paso subterráneo. Sólo fueron unos veinte segundos pero me bastaron para descubrir que no siempre que se espera se puede pensar. Traté de sorprenderla colocándome al lado de las escaleras, pero sin que me viese. No pude, su sonrisa de llegada me cautivó. Me mantuve serio e intenté darle dos besos, no se si pude, no lo recuerdo. Caminamos hacia el exterior de la estación después de nuestro poco efusivo saludo. Hablamos sin parar, sobre todo ella. Había echo cosas muy interesantes durante las últimas semanas. Nos dirigimos al centro de la ciudad, que ninguno de los dos conocíamos a la perfección. Visitamos creo que una iglesia. A Ana le divertía y a mí también. Nada más entrar en la iglesia me vestí mis ojos con sus galas más virtuosas, es decir, traté de convertirme en Góngora y de explicarle aquella iglesia a Ana. En el fondo no me gusta Góngora y no se me da bien ser él. Además todos sabemos que una explicación artística no es más que un error bien vestido, ya que el arte no se debería explicar. Al abandonar la iglesia debatimos sobre algo relacionado con el Panteón romano, era sobre su cúpula, no lo pude evitar. Paseamos con tranquilidad por aquella ciudad que estaba en fiestas. Los dos estábamos somnolientos, no habíamos podido dormir bien. Había una orquesta que tocaba muy mal: y más iglesias, y más terrazas, y más paseos, y más mar. La mañana era perfecta para hablar mucho y nos confesamos algunos secretos. Cada vez que el Sol iluminaba su pelo éste brillaba, y su reflejo creo que fue lo que consiguió despertarme. Ana debe ser una obsesiva del pelo, siempre lo lleva casi perfecto, y por ello me pasé el la mañana despeinándola. La gente, cuando ve que la despeinan trata de peinarse, pero Ana no: no le importa hacer el ridículo un rato si la ocasión lo merece y quizás sea esa una de las cosas más importantes de ella. Tratamos de encontrar una terraza donde comer algo pero no encontramos ningún buen precio exento de cucarachas en el suelo. Pasamos cerca de un castillo con un molino que, muy quijotesco él, acabó siendo un Parador. Ana dijo que me invitaba: no pude evitar decirle que no, aunque sólo fuese por ver su cara a la hora de pagar, ahora me arrepiento. Vagamos como gatos callejeros y fuimos a maullar a un lugar de comida rápida. Uno de estos sitios take away no es lugar idóneo para una historia como la mía y la de Ana, estaréis pensando. Y tenéis razón. Por ello nos fuimos con nuestros bigotes a un parque a hacer picnic. Nos sentamos en un trozo de hierba que estaba seca en un parque cercano y céntrico. Yo comí con muy poca tranquilidad, estaba deseando que llegase el postre. Ana parecía más tranquila, comía más lenta, sabía hacerse esperar. Estuvimos haciendo el tonto un rato cuando acabó. Después tonteamos. Nos tocábamos sin querer, nos mirábamos, los roces eran continuos, las bromas también. Creo que en una de ellas fue cuando le planté un beso que no quiso evitar. Nuestros labios se encontraron, pero todavía estaban secos. Me aparté un poco y nos miramos como se mira a una estrella fugaz. Los labios ya estaban húmedos y las miradas también. Ana cerraba los ojos al besarme. Yo adoro observar cómo se le cierran y se abren, de vez en cuando, sin sentido estricto, al azar. Nos quisimos ante la mirada atenta de los niños del parque que estaba a nuestra espalda. Era algo así como un estimulo. Sus ojos color miel me cegaron al abrirse tan de repente. Me apresaron. Ella, al ver los míos abiertos, me dijo: eres de los que no los cierran. Dice la gente que los chicos que no los cierran son falsos. Contigo no puedo serlo, le contesté. Nos besamos más, sin ternura, con mucha sal. El postre estaba bueno. Rodeé sus hombros con un brazo, su cintura con el otro y observé sus ojos de cerca, tanto que se distorsionaron, y ceñí su pecho al mío. La gente le llama abrazo. Coincidíamos en la importancia de los abrazos. Antes le había dicho a Ana: necesito cafeína. Creo que los cafés con hielo como los que tomamos llevan a la gente a hablar. Sin darnos cuenta estuvimos en aquel lujoso café más de una hora y media, hablando sobre nuestras vidas y amigos interesantes, pero sin profundizar. Reímos con anécdotas y soñamos con viajes que por el momento sólo parecen imposibles. Creo que inventamos un poema en aquel café. El resto de la tarde transcurrió entre besos y abrazos, entre algún que otro café con algún camarero inútil, entre algún que otro cuarto de baño donde ambos, en nuestro interior, imaginamos entrar para darnos un revolcón. Aquel café enano tenía una luz y un cristal cristalino maravillosos que hicieron su pelo y sus ojos un poco más claros aun. Antes era miel, ahora parecían jalea real. El día no dio para más. Queríamos pasar la noche juntos pero las circunstancias lo habían conseguido evitar. De camino a la estación separadora nos parábamos en las placitas confidentes para besarnos en algún banco o en alguna esquina. Ana hablaba de sus amigas y de años de infancia, pero aquello ya no tenía interés para mí, y por ello por dentro me lamentaba un poco. Pero en el fondo el desinterés era un interés mayor. No quería conversaciones estereotipadas con Ana, incluso preferiría discutir. Discutiendo la gente siempre defiende una postura concreta y esto significa llevar un antifaz; y uno de los escritores favoritos de Ana afirma que sólo cuando el hombre lleva una máscara dirá la verdad. Me limité a escucharla, a girar la conversación y cuando no se lo esperaba, a besarla. Era la hora: llegamos a la estación. Temíamos a la despedida como todo aquel que aprecia a aquello de lo que se va a separar. Lo primero que hicimos fue ver a qué hora pasaba el tren, el mío era inminente. Nos abrazamos, dijimos cosas que se dicen en esos momentos, que nos llamaríamos…bla bla bla. La miré a los ojos, acerqué su barbilla lentamente: la besé, nos besamos. Mis ojos estaban abiertos, se dio cuenta cuando sus parpados consiguieron dibujar una grieta. Pero no siguió mirándome a los ojos, los evitó; cerró los suyos, me besó y me dijo: ¿Cuándo los vas a cerrar? La besé y le dije: cuando tú me mires a los ojos yo los cerraré al besarte, al besarte a ti. No me di la vuelta, me fui pero no me di la vuelta. Sus ojos se incrustaron en los míos; todo era color miel, dulce. Nos despedimos en aquella estación haciendo de aquella tarde literatura.

Creo que soñé con sus ojos y con su última mirada. Había sido aquel encuentro de nuestros ojos tan claro y directo como compulsivo, necesario e inevitable. Dicen que la mirada es, junto a los gestos, el más universal de los lenguajes: el texto más locuaz cuanto más silenciosamente se revela. Las miradas son un lenguaje reducido y simple, como todo aquel lenguaje que pretende ser universal, pero esa reducción necesaria no afecta casi a su evidente profundidad. Los cuerpos son la verdadera definición de los seres, su esencia, lo que apenas puede engañar, lo que nunca miente. Mis ojos estaban ciegos de tanto que ya había visto: los de Ana estaban borrachos de su propia mirada, y ebrios de tanta y tan implacable luz. Sigue mirándome, Ana. Mira.

-¿Ana?-dije vistiéndome su camisa en su habitación. Salió del baño en ropa interior y le dije: tengo que irme. Al escucharme se acercó y me cogió del cuello para después besarme. La malinterpreté pero ella rápidamente dijo: no, ahora no. ¿Cuándo? Repliqué yo. Sonrió haciéndome parecer un pesado y finalmente dijo: se acabó. Seguí abrochando los botones de mi camisa, a pesar de lo inesperado de su contestación. ¿Cómo?¿ Qué se acabó? Conseguí murmurar. Ha sido maravilloso y para que continúe así es mejor que se acabe, afirmó tajantemente. ¿No quieres volver a verme? Refuté. Sí, verte si que quiero, pero únicamente como dos amigos. Cada vez se la veía más nerviosa. ¿Cómo amigos? Ella me contestó: no nos queremos y lo sabes. Quieres a otra. Y yo quiero a otro. Me di la vuelta para tomar mi americana a la vez que le decía: Oye, Ana, no se si todavía quiero a Joa, pero te quiero mucho más que como una amiga. Pues no debes. Me contestó duramente y continuó: Hay cosas que no se deben comenzar. ¿Sabes? He estado muy bien contigo, mejor de lo que he estado con nadie. Mi reacción fue totalmente previsible. Tomé su barbilla con mi mano derecha le dije cerca del oído: no seamos tontos, sigamos. No piensas lo que dices, contestó. No soy más que una substituta, y tú también eres un substituto. Le pregunté si estaba loca. Me dijo que no forzase las cosas porque sólo conseguiría estropear el recuerdo de aquellas noches.

Δρακων

A propósito de un "genitivo homérico", δερκομενοιο (de esos que hace en "oio"), la profesora de Textos Griegos I, donde como supondréis estamos traduciendo al bueno de Homero, trajo a colación que la raíz "derko" es la que en grado "cero" (expresión sólo apta para filólogos, desgraciadamente) daría lugar a algo tan bonito como la palabra δρακων "dragón". El verbo δερκομαι significa "mirar con fijeza". El dragón mira con fijeza. Las serpientes también: no tienen párpados. Por eso en "Srek" nos sorprende tanto el dragón con sus prominentes pestañas.

El Dragón es incluso una de las 48 constelaciones reseñadas por Tolomeo en el "Almagesto". Su nombre latino es Draco, y su abreviatura, Dra. COntiene 210 estrellas visibles a simple vista, entre las cuales hay una de 2ª magnitud y cinco de 3ª. La componente principal pretenece a la clase espectral A. Todo el sistema se hallla a una distancia de 220 años luz de la tierra. Siguiendo un poco con la figura del dragón, debemos decir que aparece relacionado con la fertilidad de los campos, la fecundidad femenina, la muertem el agua y, frecuentemente, con los ritos de la lluvia. Es identificado a veces con la serpiente, figura que simbolíza los fenómenos telúricos y la vida subterránea: su mutación de piel periódica es tomada como símbolo de la aparición de la primavera y de la lucha de la vida contra la muerte (invierno-letargo). No conserva siempre la misma significación. Para la India e Irán está unido a las fuerzas negativas, mientras en China y Japón simboliza fuerzas positivas. En Irán cobró un doble sentido (Azi Dahaka y Azi Svara), y de ahí que los ritos relacionados con él- cuya celebración coincidía con la del Año Nuevo- tuvieran un carácter a la vez guerrero y erótico. En las religiones indoeuropeas existe la figura del matador del dragón (Indra, Mithra, Asvat-Arta, etc, que sobreviven en San Jorge) En China representa el principio femenino benéfico. Leviatán y Rahab son monstruos submarinos biblicos, mientras que en el Apocalipsis el dragón se identifica con Satanás.

Siempre me hizo mucha gracia lo que dice el Srek (la única película de dibujos animados que me hizo algo de gracia) cuando aparece en la boda de Fiona subido al dragón: "Tengo un dragón y sé como utilizarlo".



miércoles, 5 de noviembre de 2008

Miscelánea

Estoy asombrosamente abrumado por toda la información que me ha llegado esta semana, a lo cual quizás ayude la severa gripe que padezco. El proceso de selección de aquello que me importa, es decir, de las cosas que pretendo retener, tendrá que ser más exhaustivo esta semana. Esta entrada, en el fondo es para eso. En clases vemos cosas como que la palabra gallega "casamento" se refiere a la acción de que los recien casados iban a constituír una casa entre ambos. Vimos también, a propósito de la acción de casarse que acabo de mencionar, su forma latina: "uxorem ducere" (conducir-mujer) que tanto critican, y sin demasiado sentido, las feministas de hoy en día por la pasividad (en la construcción linguística) de la mujer. Recordamos también el uso de "Alter" y de "Alius": el primero es "uno de dos" y el segundo "uno de una serie abierta". Hubo asimismo una explicación etimológica del verbo preferir (prae"llevar por delante" fero "llevar"). Otro día explicamos la existencia de tres substantivos para referirnos a una población: civitas "conjunto de ciudadanos de una población", urbs-urbis, "espacio delimitado y organizado" y oppidum "ciudad amurallada". Pero también habíamos visto "pagus": aldea. Y ahora recuerdo una cosa que me llamó la atención considerablemente: ¿sabíais que los primeros cristianos llamaban "paganus" "aldeanos" a la gente que todavía seguía la religión pagana en la profunda edad media? Y yo me pregunto: ¿Es el movimiento cristiano un movimiento urbano por este hecho? Voy a aburriros un poco más, pues, acabo de recordar la explicación de la palabra "educación": viene de "duce", guiar al alumno: trasladarlo de una sitación a otra. También recuerdo la explicación del verbo querer (muy bonita por cierto). Era algo muy platónico, muy propio de "El banquete": tanto como que querer es buscar: "querer"-quaerere= buscar y "buscar algo" es "querer". Para terminar, recurro a algo que está hoy, gracias a la victoria de Obama, en boca de todos: las votaciones democráticas. En Roma no disponían evidentemente de lectores digitales para las votaciones, ya fuesen elecciones o una votación en el senado. Para estas útimas, las votaciones senatoriales, los romanos eran muy humanos, si me lo permitís. Ellos decían "ire in verba alicuius" para votar en la curia: se acercaban a quien querían votar una vez que este había hecho su discurso. Eran muy eficaces. Hoy el profesor de latín me preguntó mientras encendía el ordenador y el proyector del aula: "¿qué pasa Óscar?" (lo cual se está convirtiendo en tradición que comezó el primer día de clase). Yo le contesté, por hablar de algo: "que ganó Obama". Nos estuvo explicando durante media hora que la elección de un presidente como Obama, por su color de piel, era un síntoma de debilidad del imperio Estadounidense, como ya había ocurrido en el Imperio Romano durane los siglos III y IV d.C. cuando se buscaban emperadores que representasen a minorías o a partes del imperio, pero lejanas a Roma (como Trajano, creo recordar). Pero esto sólo podemos aceptarlo si pensamos, como Polibio, que la Historia es cíclica. Tengo que pensar algo estos días en algo interesante para responder al ¿qué pasou Óscar? de este próximo lunes. ¿Ideas?

sábado, 1 de noviembre de 2008

Surgimineto de la filosofía

Parece que últimamente me acerco mucho a las cosas mediante fuentes secundarias: no es así en absoluto. El primer argumento de mi defensa es que me he comprado el "Los filósofos Presocráticos" de G.S Kirk y J.E Raven. El segundo, y no hay más, que hay fuentes secundarias verdaderamente maravillosas. Un ejemplo es el también adquirido por mí y por alguien cercano a mí "Historia del Pensamiento Filosófico y Científico" de Giovanni Reale y Dario Antiseri. Un tema muy interesante es el punto 2.3 del primer capítulo de este manual: Condiciones socio-político-económicas que favorecieron el surgimiento de la filosofía. Aquí lo tenéis:
"Ya desde el pasado siglo, y sobre todo el siglo actual, los historiadores también han puesto de relieve con justicia el hecho de la libertad política de la que se beneficiaron los griegos, en comparación con los pueblos orientales. El hombre oriental se veía obligado a una obediencia ciega al poder religioso y político. Ya hemos mencionado la gran liberad que poseían los griegos en lo que respecta a la religión. Por lo que se refiere a la situación política, l a cuestión es más compleja; sin embargo, cabe afirmar que también en este ámbito los griegos gozaban de una situación privilegiada, ya que por primera vez en la historia lograron crear instituciones políticas libres. Durante los siglos VII y VI a.C. Grecia sufrió una transformación considerable, desde el punto de vista socioeconómico. Antes era un país primordialmente agrícola, pero a partir de entonces comenzó a desarrollarse cada vez más la industria artesana y el comercio. Se hizo necesario por lo tanto fundar centros de representación comercial, que surgieron primero en las colonias jónicas, sobre todo en Mileto, y más tarde en otras partes. Las ciudades se convirtieron en centros comerciales florecientes, lo cual provocó un notable aumento de la población. La nueva clase de comerciantes y de artesanos logró paulatinamente una considerable fuerza económica y se opuso a la concentración del poder político que se hallaba en manos de la nobleza terrateniente. En las luchas que emprendieron los griegos para transformar las viejas formas aristocráticas de gobierno en las nuevas formas republicanas, señala E. Zeller, había que reavivar y aplicar todas las fuerzas; la vida pública abría el camino a la ciencia y el sentimiento de la joven libertad debía otorgar al carácter del pueblo griego un impulso del que la actividad científica no podía verse exenta. Sí, junto con la trasformación de las condiciones políticas y en una activa emulación, se establecieron las bases de florecimiento artístico y científico de Grecia, no puede negarse la vinculación existente entre ambos fenómenos; cabalmente en los griegos- por completo y de la manera más característica- la cultura es aquello que siempre será en la vida saludable de un pueblo, es decir, será al mismo tiempo fruto y condición de la libertad. Empero hay que señalar un hecho muy importante, que confirma a la perfección lo que acabamos de decir: la filosofía nació en las colonias antes que en la metrópoli y, más exactamente, primero en las colonias de Oriente, en el Asia Menor (en Mileto), e inmediatamente después en las colonias de Occidente, en Italia meridional. A continuación, se trasladó a la metrópoli. Esto sucedió así porque las colonias, gracias a su laboriosidad y a su actividad comercial, alcanzaron primero un bienestar y, debido a la lejanía de la metrópoli, pudieron establecer instituciones libres antes que ésta. Las más favorables condiciones socio-político- económicas de las colonias, junto con los factores señalados en los parágrafos precedentes, fueron los que permitieron que la filosofía surgiese y floreciese en ellas. Luego, una vez que hubo pasado a la metrópolí, alcanzó sus cimas más altas en Atenas, esto es, en la ciudad en que floreció la mayor libertad de que hayan disfrutado los griegos. Por lo tanto la capital de la filosofía griega fue la capital de la libertad griega. Queda por mencionar un último elemento. Al constituirse y consolidarse la polis, es decir, la ciudad-estado, el griego no consideró que este fenómeno comportase una antítesis o una traba a su propia libertad; por lo contrario se vio llevado a tomarse esencialmente a sí mismo como ciudadano. Para los griegos el hombre llegó a coincidir con el ciudadano mismo. Así el Estado se convirtió en el horizonte ético del hombre griego y siguió siéndolo hasta la época helenística. Los ciudadanos sintieron los fines del Estado como sus propios fines (y esto me recuerda a John Donne), el bien del estado como su propio bien, la grandeza del Estado como la propia grandeza y la libertad del Estado como la propia libertad. Si no se tiene presente esto, no se puede entender gran parte de la filosofía griega, en particular la ética y toda la política en la época clásica, y más tarde la compleja evolución de la época helenística. Después de estas indicaciones preliminares, estamos en condiciones de hacer frente a la definición del concepto griego de filosofía".
Este texto es demasiado didáctico. Se pretende distinguir demasiado bien entre filosofía, religión y poesía, lo cual en la Antigua Grecia formaba casi "una" amalgama. El logos en parte procede del mithos. Ahora pienso en lo que una vez me dijeron sobre la relación entre la aparición de la filosofía en las colonias de Jonia y el entorno político-social del siglo XVIII en norteamérica, cuando los colonos crearon un país como lo que era EEUU, una tierra de oportunidades: sin las ataduras y estructuras de la antigua Europa. Me convence: en una colonia estan presentes las ancestras estructuras politicas y sociales (quizás también religiosas) pero de manera mucho más ténue. El entorno: importante, al menos.

Fientividad

En clase de Linguística Latina I, el pasado viernes a las 12:00 interrumpimos la explicación del valor fientivo del verbo "sum" para ir a la puerta de la facultad y guardar un minuto de silencio por los heridos, supongo, de la bomba que puso E.T.A en el aparcamiento de la Universidad (privada) de Navarra. Solidaridad y empatía, supongo. Buen gesto, aunque no había mucha gente. Siempre me había llamado al atención el verbo "become" del inglés "convertirse en, hacerse, llegar a ser: to become a doctor, hacerse médico. También me resultaba extraña otra cosa, el adj becoming: que sienta bien, apropiado "¿que te cambia para bien?". Tras el minuto de silencio volvimos a la explicación del susodicho valor fientivo del "sum", del to be, del ser y estar, δελ ειναι, aunque quizás en el griego recoja mejor la fientividad (¿me estoy inventando la palabra?) el verbo γιγνομαι "venir, sobrevenir, suceder, acaecer, acontecer, resultar, salir, llegar a ser, hacerse, volverse, tornarse, desaparecer...". La profesora nos puso un ejemplo de la Eneida fácil de recordar a propósito de la fientividad (me encanta) del verbo sum latino: Nymphas esse naves convertere. Yo me quedo con un ejemplo del inglés procedente de un auncio de una marca que parece un artículo griego: "Be nice, be tous". . ."Sólo si te transformas comprando cosas de tous serás nice". Ojalá algún día el valor fientivo del verbo sum latino se pueda aplicar a la sociedad española, quizás a toda ella, para dejar de tener que guardar minutos de silencio. No siempre fallan los sistemas, a veces son sus miembros.

Mito y hombre en el cine

Este texto que os propongo lo tomo del libro, que he tomado de la facultad de periodismo de la USC, "El cine, un arte compartido" de James F. Scott:
"Aún persiste el mito de que los actores de Hollywood de los años treinta y cuarenta no sabían actuar; y por supuesto nadie hizo más para que corriera esta idea que esos mismos actores. Ya que muhcos de ellos desarrollaron su talento interpretativo al margen de cualquier tradición teatral estructurada, sospechaban ante cualquier teoría sobre la interpretación teatral. Después de haber escuchado durante toda una tarde una discusión sobre los méritos y las teorías de Stanislavsky, se dice que Spencer Tracy terminió dando su propia versión del problema: Lo único que hay que hacer es aprenderse el papel. Algunos llevaron la simplificación aún más lejos: John Ford y Capra son conocidos por su prevención contra los actores que dan señales de haber estado ensayando su papel. Fonda asegura que aprendió su lección sobre qué es un actor de cine cuando el directór V.Flemming le acusó de declamador. (...) Consideremos, por ejemplo, la imagen de Humphrey Bogart. ¿Dónde está la relación entre el mito y el hombre? Bogart no se convirió en Sam Spade o Philip Marlowe en el momento en el que puso su pie por primera vez sobre el suelo de un estudio. El papel se fue perfilando a lo largo de una década, en la que fue retocado y perfeccionado hasta que el actor podía "andar en ese papel" con absoluta naturalidad. Nació gracias a la clásica figura de "duro" de Hollywood, el antihéroe de los melodramas en los que un tipo así se pasa avasallando a todo el mundo en beneficio propio. Ese fue el papel en que cayó Bogart a su llegada a los estudios de Warner Brothers en Hollywood a principios de 1930, ya que su voz cascada y su aspecto huraño parecían descalificarlo para papeles de galán. Lo que hizo que su papel fuera evolucionando, fue que Warner Brothers- para evitar la competencia de la elegante y europeizante Paramount y la costosa MGM- estaba tratando de lanzar sus películas hacia la clase obrera, que , sin duda, podía identificarse con facilidad con un duro simpático. Así que la oportunidad para desarrollar y crear un nuevo personaje vino por necesidad. Fue este Bogart el actor que encarnó muchos papeles de duro clásico, el que descubrieron John Huston y Howard Hawks en los cuarenta y perfeccionaron y desarrollaron poco a poco una dirección acertada y astuta. El refinamiento de este personaje no se consiguió sin errores. No todos los duros que interpretó Bogart estuvieron a su altura. Cuando trabajó en Bad Sister (1931) para los estudios Universal, interpretó el papel de Valentine Corliss, un astuto embaucador que engaña a Marianne. Pero el traje bien planchado, el pelo muy peinado y el cuello almidonado no ofrecieron muchas oportunidades a Bogart para aprovechar el papel. En una escena lo vemos sentado dentro de un templete romántico del jardín, lleno de flores, jugueteando con los dedos de Marianne. Es obvio que se trata de un villano, pero no hay oportunidad para que Bogart añada nada de sí mismo. Tampoco le favoreció el papel de The Return of Dr. X (1939) donde la Warner Brothers le obligó a hacer de vampiro. Enfundado en un estrecho abrigo negro y cubierto de carmín y maquillaje, Bogart no llegó a crear el papel que exigía de él. Sin embargo no ocurre lo mismo en "El bosque petrificado 1936" en su papel de Duke Mantee- también para Warner Brothers-. De pronto, su imagen se nos hace más real, más auténtica. La incipiente barba, las profundas arrugas de su cara, el pelo enmarañado como por el viento del desierto, y el cuello de la camisa abierto, sucio y manchado de sudor, le deja libre para actuar con naturalidad. Sus músculos parecen haber recuperado la agilidad, se siente libre para mover los hombros y dar zancadas a su gusto. Esta es la imagen de Bogart que recogerá Huston para su Tesoro de Sierra madre (1948) y La reina de África. Una vez que Bogart ha encontrado la base de su personaje, se dedicó a elaborarlo en todos sus detalles. En sus películas de los años cuarenta, su cara se vuelve muy flexible, jugando entre la sonrisa y la mueca. Es su vehículo para la ironía y para su relación peculiar de amor-odio con el mundo. Bogart aprieta la lengua detrás del labio inferior empujándolo hacia delante con aire despectivo. Su media sonrisa, en la que apenas se ven unos cuantos dientes, se hace clásica. Lo que parece la expresión de un perro es, a veces, el resultado de un gran dolor sin palabras. Esta mueca puede terminar en una sonrisa, si la situación lo requiere. A medida que Bogart se hace dueño de su capacidad expresiva, el vestuario pierde su importancia, aunque la corbata nunca está bien anudada y permanece como un símbolo de la inadaptación social. Es interesante observar que cuando interpretó Casablanca en 1943 su personaje ya estaba tan definido que pudo aparecer incluso con smoking y sin embargo el público sabía que se trataba tan sólo de un disfraz. Todos sabían que Rick, un expatriado americano, hambriento de amor, tendría que dejar ese mundo fácil y volver a la guerra antes de que terminara la película.